miércoles, 12 de agosto de 2026

La infancia no tiene patria, tiene derechos

 


La infancia no tiene patria, tiene derechos


Artículo de Diego Ojeda Ramos...

Hay palabras que deberían permanecer al margen del ruido político porque pertenecen al patrimonio moral de la humanidad. Una de ellas es infancia. Basta pronunciarla para que regresen los recuerdos de la escuela, de los juegos interminables, de la protección de una madre, de la firmeza serena de un padre o de la mano de un maestro que enseñaba mucho más que matemáticas o lengua. La infancia es el territorio de la inocencia y de la esperanza. Es el tiempo en el que la sociedad tiene la obligación de cuidar antes que juzgar.

 

La Convención sobre los Derechos del Niño, aprobada por las Naciones Unidas en 1989, no distingue entre niños ricos o pobres, nacionales o extranjeros, blancos o negros. Reconoce algo mucho más profundo: todos los menores poseen la misma dignidad y el mismo derecho a ser protegidos. Ese principio debería bastar para orientar cualquier decisión pública.

 

Sin embargo, vivimos tiempos extraños. Tiempos en los que el sufrimiento de un niño o una niña puede convertirse en un argumento electoral. Tiempos en los que una tragedia humanitaria se reduce a un eslogan. Tiempos en los que algunos parecen haber olvidado que antes de ser inmigrantes, antes de ser extranjeros, antes incluso de tener un nombre que aparezca en una estadística, son simplemente niños y niñas.

 

Los acontecimientos vividos en Ceuta vuelven a enfrentarnos con esa realidad incómoda. Detrás de cada menor migrante no acompañado existe una historia que rara vez aparece en los discursos. Hay pobreza, guerras olvidadas, violencia, hambre, persecución o la desesperación de unos padres que toman la decisión más dolorosa de sus vidas: dejar marchar a un hijo con la esperanza de que sobreviva.

 

No todos los casos son iguales. Algunos menores desean regresar con sus familias, y cuando ese regreso garantiza plenamente su seguridad, su bienestar y responde a su interés superior, debemos hacer todo lo posible para que puedan volver a casa. Nadie puede sustituir el amor de una familia cuando esta puede proteger a sus hijos e hijas.

 

Pero también existen miles de menores cuya realidad es mucho más dura. Niños, niñas y adolescentes que no tienen un hogar seguro al que regresar. Que han cruzado el desierto, dormido en la calle, sobrevivido a las mafias y desafiado al océano para llegar a una costa que apenas conocen. Esos menores no necesitan discursos grandilocuentes. Necesitan protección, educación, asistencia sanitaria, estabilidad emocional y la oportunidad de reconstruir una vida que nunca debió romperse.

 

Durante mi etapa como maestro en Jinámar aprendí una lección que todavía me acompaña. Recuerdo las conversaciones con mis compañeros y compañeras del claustro cuando analizábamos situaciones de enorme vulnerabilidad familiar. Todos coincidíamos en una idea sencilla, pero profundamente humana: el mejor lugar para un niño es junto a sus padres, salvo cuando permanecer con ellos suponga un riesgo para su integridad. Aquella afirmación no nacía de la teoría, sino de la experiencia acumulada entre quienes convivíamos cada día con la infancia.

 

También aprendimos otra realidad menos amable: la Administración, por mucho esfuerzo que haga, nunca podrá sustituir completamente el calor de una familia. Los centros de protección cumplen una función imprescindible, pero ningún recurso institucional puede reemplazar un abrazo sincero o la seguridad de un hogar.

 

Quizá por eso me conmueve especialmente la situación de los menores que llegan solos a nuestras fronteras. Porque su vulnerabilidad supera todo aquello que conocimos entonces. Son niños y niñas que cargan con responsabilidades de adultos. Han perdido demasiado pronto la tranquilidad de la infancia.

 

Años después, como concejal de Servicios Sociales, esa convicción se hizo todavía más fuerte. En cada decisión procurábamos colocar en el centro el interés superior del menor. Ese principio no entendía de ideologías ni de estrategias partidistas. Era, sencillamente, una obligación ética.

 

Por eso duele comprobar cómo el drama de estos niños termina convertido en un campo de confrontación política. En lugar de buscar soluciones compartidas, algunos optan por alimentar el miedo, exagerar los problemas o difundir informaciones falsas para obtener un puñado de votos. Cuando la política deja de mirar a los ojos de un niño y comienza a verlo únicamente como un instrumento electoral, pierde una parte esencial de su razón de ser.

 

Las democracias no se fortalecen sembrando temor. Se fortalecen protegiendo derechos. La fortaleza de un Estado no se mide únicamente por su capacidad para controlar sus fronteras, sino también por su capacidad para defender la dignidad humana de quienes llegan hasta ellas en las peores circunstancias.

 

Canarias conoce bien esta realidad. Somos un pueblo nacido del encuentro entre culturas. Nuestra historia está marcada por la emigración de miles de canarios que cruzaron el Atlántico buscando en Cuba, Venezuela o Uruguay aquello que su tierra no podía ofrecerles. Nuestros abuelos también fueron recibidos en puertos lejanos con una mezcla de solidaridad y desconfianza. Quizá por eso deberíamos ser especialmente sensibles cuando otros pueblos llaman hoy a nuestra puerta.

 

La solidaridad no significa ingenuidad. Toda política migratoria necesita orden, cooperación internacional, responsabilidad compartida y planificación. Los Estados tienen derecho y obligación de gestionar sus fronteras. Pero ninguna de esas políticas puede construirse sacrificando los derechos de la infancia. El interés superior del menor debe seguir siendo el primer criterio de actuación.

 

Me preocupa, como ciudadano y como educador, que los bulos, la mentira organizada y la desinformación estén erosionando nuestra convivencia. La historia demuestra que el odio nunca aparece de repente. Siempre comienza deshumanizando al otro, convirtiéndolo en una amenaza antes que en una persona.

 

No deberíamos permitir que ese proceso siga avanzando. No porque todos debamos pensar igual sobre la inmigración, sino porque todos deberíamos coincidir en una idea fundamental: ningún niño merece crecer siendo utilizado como arma política.

 

La infancia nos pone siempre frente a un espejo. Nos obliga a preguntarnos qué sociedad queremos construir. Una que responda al miedo levantando muros o una que responda con justicia, responsabilidad y humanidad.

 

Cada menor que llega solo hasta nuestras costas nos está haciendo esa pregunta. La respuesta no definirá únicamente su futuro. Definirá también el nuestro.

 

Porque una sociedad que protege a sus niños y niñas protege su propia conciencia. Y una sociedad que convierte a la infancia en enemiga termina perdiendo aquello que la hacía verdaderamente humana.

Diego Fernando Ojeda Ramos, fue concejal del Ayuntamiento de Telde y actualmente es asesor en la Consejería del sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad Hídrica del Cabildo Insular de Gran Canaria.


sábado, 8 de agosto de 2026

Reconstruir el corazón de nuestra ciudad.



 Reconstruir el corazón de nuestra ciudad.


Hubo un tiempo en el que el corazón de Telde latía con una fuerza extraordinaria. Y cuando el corazón de Telde latía con fuerza, toda la ciudad prosperaba. San Gregorio era mucho más que una zona comercial; era el gran motor económico, social y humano de la ciudad. Sus comercios abrían cada mañana con la ilusión de crecer, muchas empresas familiares se consolidaban generación tras generación y numerosos negocios llegaron a convertirse en auténticos referentes, atrayendo a personas de toda Gran Canaria. Aquella actividad generaba empleo, riqueza, oportunidades e ilusión. Las calles estaban llenas de vida porque el corazón de Telde latía con fuerza. Recuperar ese espíritu no es un ejercicio de nostalgia; es una necesidad para construir el futuro. Reconstruir el corazón de la ciudad significa recuperar el orgullo de ser teldenses y ofrecer a las nuevas generaciones una ciudad llena de oportunidades.

 

Hace mucho tiempo que esta realidad me preocupa. No es una reflexión nacida al calor del debate político ni una idea improvisada. Es el resultado de muchos años caminando estas calles, conversando con vecinos, comerciantes, referentes del lugar y personas que han dedicado su vida a mantener vivo el centro de Telde. He escuchado sus preocupaciones, compartido muchas de sus inquietudes y comprendido que este problema trasciende a quienes viven o tienen un negocio en San Gregorio, San Juan, San Francisco o Arnao. He llegado, incluso, a compartir su frustración al comprobar cómo muchos han terminado resignándose a pensar que esta situación no tiene solución. Nos afecta a todos. Porque cuando el corazón de una ciudad pierde fuerza, toda la ciudad lo siente. Los comercios venden menos, las calles pierden actividad, muchas familias dejan de encontrar en el centro el lugar donde desarrollar su proyecto de vida, los jóvenes buscan oportunidades lejos de casa y la ciudad deja de proyectar la imagen dinámica, acogedora y emprendedora que siempre la caracterizó. Por eso siempre he defendido que las mejores decisiones para Telde no nacen de un despacho, sino de escuchar a quienes la viven y la sienten cada día, a pie de calle.

 

Reconstruir el corazón de la ciudad significa volver a creer en nosotros mismos. Significa recuperar la capacidad de atraer vida al centro, de impulsar el comercio local, de apoyar a quienes generan empleo y riqueza, de abrir nuevas oportunidades para quienes desean emprender y de ofrecer espacios donde la cultura, la convivencia y la actividad económica vuelvan a darse la mano. Porque cuando el corazón de la ciudad late con fuerza, su impulso alcanza a todo el municipio. También fortalece la actividad de nuestros polígonos industriales y áreas comerciales, como El Goro-Salinetas, Las Rubiesas, Las Huesas, Jinámar, Cruz de La Gallina, Boca Barranco y el conjunto de espacios empresariales y comerciales de Telde, generando sinergias que favorecen la inversión, el empleo y el desarrollo económico. Significa que nuestros hijos y nuestros nietos puedan encontrar oportunidades en su propia ciudad, sin tener que buscarlas siempre fuera. Significa que quienes nos visiten descubran una Telde viva, cuidada, dinámica y orgullosa de su historia. Y significa, también, volver a unir San Gregorio, San Juan, San Francisco y Arnao como un único corazón urbano que vuelva a latir con fuerza para beneficio de toda la ciudad.

 

Esta no es una propuesta para gastar más, sino para invertir mejor. Hay inversiones que solucionan problemas y otras que cambian el destino de una ciudad. Recuperar el corazón de Telde pertenece a esta segunda categoría. Apostar por este proyecto es apostar por el desarrollo económico, el comercio de proximidad, el empleo, la cultura, el turismo, la convivencia y la calidad de vida. Pero también supone reivindicar un principio que considero irrenunciable: la Administración debe ser garante de la igualdad de oportunidades, de la legalidad, de la pluralidad y de la equidad. Gobernar no consiste en decidir qué barrios, qué sectores o qué proyectos merecen avanzar y cuáles pueden seguir esperando. Gobernar consiste en servir al interés general con planificación, objetividad y responsabilidad, garantizando que todos los ciudadanos tengan las mismas oportunidades para prosperar y que ninguna parte de la ciudad quede condenada al abandono o a la resignación.

 

Estoy convencido de que Telde tiene todo lo necesario para volver a ilusionarse. Tiene historia, patrimonio, talento, una ubicación privilegiada y, por encima de todo, una ciudadanía trabajadora que nunca ha dejado de creer en su ciudad. No necesitamos inventar una nueva identidad; necesitamos recuperar la confianza en lo que somos capaces de hacer cuando caminamos juntos hacia un mismo objetivo. No queremos volver al pasado. Queremos recuperar la capacidad que tuvo Telde para crear oportunidades, generar riqueza y convertirse en un referente para toda Gran Canaria.

 

A esa visión de ciudad la he querido llamar Compactar Telde. No porque se trate de construir más, sino de conectar mejor; de recuperar el corazón urbano, revitalizar el comercio, unir nuestros barrios, poner en valor nuestro patrimonio y generar nuevas oportunidades para todos. En las próximas semanas compartiré una serie de reflexiones sobre los proyectos, las infraestructuras y los principios que, a mi juicio, pueden ayudarnos a alcanzar ese objetivo. Porque reconstruir el corazón de Telde no es mirar al pasado; es decidir ganar el futuro.

 

José Luis Macías Alonso es Concejal y Portavoz de Nueva Canarias Bloque Canarista en el M.I. Ayuntamiento de Telde y Secretario General de Nueva Canarias Bloque Canarista Telde.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Nueva Canarias Telde lamenta profundamente el fallecimiento de Nicomedes Rodríguez Vega

 


Nueva Canarias Telde lamenta profundamente el fallecimiento de Nicomedes Rodríguez Vega

 

Desde Nueva Canarias Telde queremos expresar nuestro más profundo pesar por el trágico fallecimiento del joven Nicomedes Rodríguez Vega, vecino de Caserones Altos, ocurrido como consecuencia del accidente laboral registrado en las instalaciones de DISA, en el Polígono Industrial de Salinetas.

 

Trasladamos nuestro más sentido pésame a su familia, amistades y seres queridos, a quienes enviamos todo nuestro cariño, apoyo y solidaridad en estos momentos de inmenso dolor. Del mismo modo, queremos hacer llegar todo nuestro ánimo y afecto a sus compañeras y compañeros de trabajo, que también están viviendo unas horas de enorme dureza tras esta tragedia.

 

Asimismo, deseamos una pronta y completa recuperación a las personas que han resultado heridas, con el deseo de que puedan superar cuanto antes las graves consecuencias de este trágico suceso.

 

Queremos también reconocer y agradecer la rápida y eficaz actuación de todos los profesionales que han intervenido desde el primer momento: los servicios de emergencia, el Servicio de Urgencias Canario (SUC), el Consorcio de Emergencias de Gran Canaria, la Policía Local de Telde, la Policía Nacional, Protección Civil y el resto de efectivos que han trabajado con profesionalidad, entrega y coordinación en una situación de enorme complejidad.

 

La pérdida de un joven de Caserones Altos enluta no solo a su familia y a quienes compartieron con él su vida y su trabajo, sino también a todo un barrio y al conjunto de la ciudad de Telde, que hoy llora una tragedia que nadie debería vivir.

 

Descanse en paz.


martes, 4 de agosto de 2026

San Francisco, donde las piedras también tienen memoria

 


San Francisco, donde las piedras también tienen memoria

 Artículo de Diego Ojeda Ramos...

Hay lugares que no se visitan. Se regresan. No importa cuántos años pasen ni cuántos caminos nos alejen de ellos. Permanecen escondidos en algún rincón del alma, aguardando el momento en que un olor, una campana o el rumor de una fuente vuelvan a abrir la puerta de los recuerdos. Para mí, ese lugar tiene un nombre sencillo y eterno: San Francisco, el viejo barrio de Telde.

 

Mi padre nació allí, allá por 1948. Lo hizo en un barrio donde la riqueza nunca se midió en monedas, sino en la dignidad de sus gentes. Artesanos, campesinos, zapateros, carpinteros, herreros, panaderos... hombres y mujeres humildes que levantaban cada día el porvenir con la fuerza de sus manos. Quizá por eso San Francisco ha llegado casi intacto hasta nuestros días. Nunca interesó derribarlo para levantar edificios impersonales. Su aparente pobreza terminó siendo su mayor fortuna. Mientras otros lugares sucumbieron al cemento, San Francisco conservó el alma.

 

Mi bisabuelo, José Quintana, era uno de aquellos hombres. Panadero de oficio. Su pequeño obrador, en la calle Huerta número 4, alimentaba a muchas familias. Pero llegaron los años del miedo. Los vencedores decidieron que también podían controlar el pan. Le prohibieron seguir amasándolo en su horno. La razón oficial fue que vendía pan a los rojos. La verdadera razón prefiero guardarla para otro momento. Hay silencios familiares que necesitan madurar antes de convertirse en palabras.

 

Obligado por las circunstancias, tuvo que abandonar su obrador y marchar cada madrugada hasta la antigua Panadería Obrera, en Los Llanos de Jaraquemada, para seguir ganándose el sustento. Nunca dejó de amasar. Porque quienes han aprendido a hacer pan saben que la harina también puede ser una forma de resistencia.

 

Yo llegué después. Mucho después. Pero tuve el privilegio de pasar parte de mi infancia y algunos veranos recorriendo aquellas calles que para mí eran un universo entero. Cada esquina escondía una historia; cada piedra parecía conocer el nombre de quienes habían pasado antes.

 

Recuerdo la calle Inés Chemida, custodiada por el viejo acueducto que parece seguir desafiando al tiempo. Recuerdo la calle Altozano, donde vivía mi querida tía María Luisa, una de esas personas que convierten una casa en un refugio y un abrazo en un hogar. Recuerdo la calle San Francisco, la calle Carreñas, donde vivía mi querido amigo Pepón Artiles, y la calle de la Fuente, donde se encontraba el antiguo pilar al que acudían los vecinos para recoger el agua cuando aún no corría por todas las viviendas. Y recuerdo también la calle Portería, donde residía la mujer encargada de custodiar la llave de la ermita de San Francisco, como si guardara mucho más que una puerta: protegía siglos de historia.

 

Porque caminar por San Francisco es recorrer un museo al aire libre.

 

Allí estuvo el antiguo convento franciscano, cuya iglesia continúa siendo una de las grandes joyas del patrimonio histórico y artístico de Gran Canaria. Cada fachada, cada portada labrada, cada balcón de madera y cada rincón parecen dialogar con quienes se detienen a contemplarlos.

 

En el corazón del barrio, la plaza parece detener el paso del tiempo. Su fuente central, diseñada por el gran artista teldense José Arencibia Gil, no es únicamente un elemento ornamental. Forma parte de una concepción artística integral que también dio forma al empedrado y a las empalizadas que delimitan el espacio. Arencibia comprendió que restaurar un barrio histórico no consistía en llenarlo de monumentos nuevos, sino en escuchar el lenguaje de las piedras antiguas y dialogar con ellas. Gracias a esa sensibilidad, la plaza conserva hoy una armonía difícil de explicar y fácil de sentir.

 

Muy cerca, junto al inmenso Laurel de Indias que todos conocemos como el "Árbol Bonito", se alza el Cristo de piedra. También él resume una hermosa historia de amistad y de arte. Fue concebido por José Arencibia Gil; la talla debía realizarla el escultor Plácido Fleitas, pero una grave enfermedad le impidió concluirla. Sería finalmente Manuel Marrero, discípulo de Fleitas, quien culminaría la obra con enorme maestría. Tres artistas unidos para dejar una sola huella sobre la piedra y sobre la memoria de Telde.

 

No muy lejos se encuentra el Bailadero —o Baladero, según quien lo nombre—, uno de esos lugares donde la tradición y la leyenda se abrazan. Hay quienes sostienen que allí se celebraba el mercado de ganado y que el nombre procede del balido de las cabras y ovejas. Otros prefieren creer que, cuando caía la noche, era el lugar donde las brujas bailaban al amparo de la luna. Tal vez ambas historias sean ciertas. Después de todo, los pueblos necesitan tanto de la historia como de la imaginación para comprenderse a sí mismos.

 

Pero San Francisco guarda un secreto todavía más antiguo.

 

Bajo sus calles empedradas, bajo las casas encaladas y los patios silenciosos, descansan importantes restos arqueológicos de los antiguos habitantes de Telde, la gran población indígena que maravilló a los cronistas europeos. Antes de que sonaran las campanas del convento ya resonaban allí otras voces, otro idioma y otras formas de entender el mundo. Cada piedra del barrio parece sostener varias capas de memoria: la indígena, la conventual, la artesanal y la popular.

 

Quizá por eso nunca he entendido a quienes consideran que el patrimonio es únicamente un conjunto de edificios viejos. El verdadero patrimonio son también las historias que habitan esos edificios. La memoria de quienes amasaron pan cuando hacerlo era un acto de valentía. La de quienes fueron tejiendo comunidad alrededor de una fuente, de una ermita o de una plaza. La de los niños y niñas que corrían por las calles sin saber que estaban jugando sobre siglos de historia.

 

Hoy, cuando vuelvo a San Francisco, ya no camino solo. Camino con mi padre recién nacido en 1948. Camino con mi bisabuelo José Quintana, que seguía amasando pan antes del amanecer pese a las injusticias de su tiempo. Camino con mi tía María Luisa, con Pepón Artiles y con tantos vecinos cuyos nombres quizá nunca aparezcan en los libros de historia, pero que hicieron posible la historia del barrio.

 

Y entonces comprendo que San Francisco no es únicamente un lugar de Telde.

 

Es una forma de entender la vida.

 

La vida sencilla de quienes construyeron belleza sin pretenderlo. La de quienes levantaron comunidad antes de que existiera esa palabra en los discursos políticos. La de quienes demostraron que la humildad también puede convertirse en patrimonio.

 

Porque hay ciudades que presumen de sus monumentos.

 

San Francisco, en cambio, puede presumir de algo mucho más difícil de conservar: su memoria.

Diego Fernando Ojeda Ramos, fue concejal del Ayuntamiento de Telde y actualmente es asesor en la Consejería del sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad Hídrica del Cabildo Insular de Gran Canaria.


viernes, 31 de julio de 2026

Primero se siembra.

 



Primero se siembra

Cada 1 de agosto, Canarias recuerda el Beñesmén o Beñesmer, la antigua fiesta de la cosecha. Era el tiempo de celebrar los frutos obtenidos tras meses de cultivo y de mirar con esperanza hacia un nuevo ciclo. Aquella tradición nos sigue dejando una enseñanza plenamente vigente: ninguna cosecha aparece por casualidad. Detrás de cada fruto hay trabajo, planificación, constancia y decisiones tomadas mucho antes de que llegue el momento de recoger. Lo mismo ocurre con las ciudades. El progreso no nace de las palabras, sino de las decisiones; no se consigue aparentando que se trabaja, sino trabajando de verdad. Quien aspira a recoger resultados primero debe haber sembrado un proyecto.

Esa reflexión me acompaña cada vez que recorro un barrio de Telde, escucho a un colectivo o estudio un expediente municipal. Cada problema que encuentro me reafirma en una misma idea: nuestra ciudad necesita mucho más que respuestas puntuales. Necesita una dirección clara; Telde necesita un proyecto de ciudad. Desde hace tiempo vengo defendiendo que Telde carece de una verdadera planificación que marque objetivos, prioridades y plazos. Seguimos sin un Plan de Actuación Municipal que permita saber hacia dónde queremos ir y cómo vamos a llegar. Sin ese rumbo, la improvisación termina ocupando el lugar de la gestión, y las oportunidades acaban perdiéndose antes incluso de empezar.

Pero un proyecto tampoco avanza únicamente con documentos. Hace falta un equipo preparado para convertir las ideas en realidades. Gobernar exige capacidad, coordinación, método y seguimiento permanente. Exige conocer bien los problemas antes de que estallen y trabajar con rigor para resolverlos. No basta con reaccionar cuando surge una dificultad ni con intentar compensarla mediante anuncios o fotografías. La confianza de los vecinos se gana de otra manera: cumpliendo la palabra dada, explicando la verdad, rindiendo cuentas y demostrando, con hechos, que cada decisión responde a una estrategia pensada para mejorar la ciudad.

Lo digo con respeto, pero también con la responsabilidad que siento hacia Telde. Creo sinceramente que nuestra ciudad ha dejado escapar una oportunidad muy importante durante estos últimos tres años. Mientras otros municipios han aprovechado este tiempo para modernizar su administración, fortalecer sus servicios públicos y preparar su futuro, aquí seguimos hablando de demasiados problemas que continúan esperando solución. Y el tiempo, como ocurre con las cosechas, nunca vuelve. Una temporada perdida no puede recuperarse. Cuando no se siembra en el momento oportuno, simplemente no hay frutos que recoger.

A pesar de ello, sigo siendo profundamente optimista. Creo en Telde porque cada semana encuentro personas que emprenden, educan, investigan, trabajan, crean cultura, impulsan el deporte, sostienen asociaciones y dedican parte de su vida a mejorar esta ciudad sin esperar nada a cambio. Son ellas quienes me convencen de que Telde tiene mucho más futuro del que hoy refleja su presente. Por mi parte, seguiré haciendo lo que he hecho desde el primer día: escuchar, recorrer los barrios, estudiar los problemas, dialogar con quienes mejor conocen cada realidad, y defenderlo nuestro proyecto en el pleno municipal, proponiendo alternativas serias y viables. No creo en la política que promete lo imposible ni en la que maquilla la realidad para conseguir un titular. Creo en la planificación, en el trabajo constante y en la honestidad de decir siempre la verdad a los vecinos. Porque, igual que enseñaba el Beñesmén, ninguna cosecha nace el día de la fiesta. La cosecha comienza mucho antes, cuando alguien decide preparar la tierra, sembrar con criterio y cuidar cada paso del camino. Estoy convencido de que Telde volverá a recoger grandes frutos. Y cuando llegue ese momento, no será por casualidad. Será porque, mucho antes, alguien decidió dejar de hablar de la cosecha y empezar, de verdad, a sembrarla.

 

José Luis Macías Alonso es Concejal-Portavoz de Nueva Canarias – Bloque Canarista Telde en el M.I. Ayuntamiento de Telde y Secretario General de Nueva Canarias – Bloque Canarista Telde.



jueves, 30 de julio de 2026

30 de julio: Día Mundial contra la Trata de Personas. Por la dignidad de las personas y los derechos humanos

 


30 de julio: Día Mundial contra la Trata de Personas

Por la dignidad de las personas y los derechos humanos

Desde la Secretaría de Igualdad de Nueva Canarias-Bloque Canarista Telde, nos sumamos a la conmemoración del Día Mundial contra la Trata de Personas, reafirmando nuestro compromiso con la defensa de la dignidad humana, los derechos humanos y la erradicación de todas las formas de explotación.

La trata de personas constituye una de las violaciones más graves de los derechos humanos. Mujeres, niñas, niños y hombres son captados, trasladados y explotados mediante el engaño, la violencia o el abuso de situaciones de vulnerabilidad. Detrás de cada víctima hay una historia de sufrimiento, de pérdida de libertad y de vulneración de su dignidad.

Vivimos en un contexto internacional marcado por las guerras, los conflictos armados, la persecución, la pobreza y los efectos cada vez más devastadores del cambio climático. Millones de personas se ven obligadas a abandonar sus hogares en busca de protección, seguridad y una vida digna. Estos desplazamientos forzosos incrementan el riesgo de caer en manos de redes criminales que se aprovechan de la desesperación y de la falta de oportunidades para explotar a las personas.

Frente a esta realidad, es imprescindible situar los derechos humanos en el centro de las políticas públicas. La lucha contra la trata no puede limitarse a la persecución del delito; debe abordarse desde una perspectiva integral que garantice la prevención, la protección de las víctimas, la reparación del daño y la construcción de sociedades más justas e igualitarias.

Desde Nueva Canarias-Bloque Canarista en Telde defendemos que ninguna persona debe ser tratada como una mercancía. La dignidad humana no tiene precio y nunca puede estar sometida a intereses económicos, mafias o cualquier forma de explotación.

Reafirmamos nuestro compromiso de seguir impulsando políticas de igualdad, justicia social y cooperación que contribuyan a eliminar las causas que favorecen la trata de personas, fortaleciendo la protección de quienes se encuentran en mayor situación de vulnerabilidad.

En este 30 de julio hacemos un llamamiento a toda la sociedad para no mirar hacia otro lado. Combatir la trata de personas es una responsabilidad colectiva que exige compromiso institucional, cooperación internacional y una ciudadanía consciente y solidaria.

Porque defender la dignidad de las personas es defender los derechos humanos. Porque ninguna vida puede convertirse en un negocio. Seguiremos trabajando para construir una sociedad donde la libertad, la igualdad y la justicia prevalezcan sobre cualquier forma de explotación.



Palmira Déniz Verona es secretaria de Igualdad, Feminismo y Diversidad de Nueva Canarias Telde.

 

 


miércoles, 29 de julio de 2026

La papa que alimenta a Gran Canaria, sostiene su paisaje y fortalece nuestra soberanía alimentaria.

 


La papa que alimenta a Gran Canaria, sostiene su paisaje y fortalece nuestra soberanía alimentaria.

Artículo de Diego Ojeda Ramos.

 

La papa de Gran Canaria es uno de esos productos que sostienen la memoria de nuestro pueblo. En Gran Canaria no es únicamente un alimento cotidiano; es una forma de entender la tierra, una expresión de nuestra cultura agrícola y un símbolo de la capacidad que tiene una isla para alimentarse a sí misma cuando existe una estrategia pública comprometida con quienes trabajan el campo.

La historia de Gran Canaria puede leerse también a través de sus surcos. Cada bancal de medianías, cada finca de cumbre, cada terreno recuperado del abandono guarda la huella de generaciones que hicieron de la agricultura mucho más que una actividad económica: un compromiso con el territorio. La papa, humilde en apariencia, ha sido durante décadas una de las principales protagonistas de esa historia silenciosa.

Vivimos en un mundo donde la globalización ha convertido los alimentos en mercancías que recorren miles de kilómetros antes de llegar a nuestra mesa. Sin embargo, cada crisis internacional demuestra la fragilidad de depender exclusivamente del exterior. Canarias conoce bien esa vulnerabilidad. Somos un territorio insular, alejado de los grandes centros productores y condicionado por la disponibilidad de transporte y suministros. Por ello, hablar de producción local ya no es únicamente una cuestión económica; es hablar de seguridad, de resiliencia y, sobre todo, de soberanía alimentaria.

Gran Canaria ofrece hoy un ejemplo que merece ser reconocido. Con aproximadamente 1.200 hectáreas dedicadas al cultivo de la papa, la isla produce cerca de 49 millones de kilos anuales, prácticamente la misma cantidad que consume su población, estimada en torno a los 50 millones de kilos al año, unos 35 kilogramos por habitante. Son cifras que permiten cumplir los parámetros establecidos por la FAO para alcanzar la soberanía alimentaria en este cultivo.

Este dato adquiere aún mayor relevancia cuando se observa la evolución del sector. Desde 2016 la superficie cultivada en Gran Canaria ha aumentado un 6,3 %, mientras que el conjunto del archipiélago ha sufrido una reducción cercana al 26,5 %. Allí donde otros retroceden, Gran Canaria avanza. No es fruto del azar. Detrás de estos resultados existe una planificación constante, una estrategia técnica y una voluntad política de fortalecer el sector primario como uno de los pilares del futuro insular.

La papa representa también una contradicción que invita a la reflexión. Cada año entran por el Puerto de La Luz y de Las Palmas alrededor de 36 millones de kilos de papas procedentes del exterior. Sin embargo, casi un tercio de esa cantidad tiene como destino otras islas, principalmente Tenerife. Estos datos permiten comprender mejor la dimensión productiva de Gran Canaria y desmontan algunos discursos simplistas sobre la insuficiencia de nuestra agricultura.

Pero producir mucho no basta. También es necesario producir mejor, innovar, adaptarse al cambio climático y ofrecer al consumidor variedades que respondan a distintos usos culinarios. Ahí reside uno de los grandes aciertos del trabajo desarrollado por la Consejería de Sector Primario del Cabildo de Gran Canaria.

La XVII Cata Insular de Papas constituye probablemente la expresión más visible de una labor mucho más amplia. Detrás de esa jornada donde veinte personas expertas —diez mujeres y diez hombres— han analizado las cualidades gastronómicas de las principales variedades cultivadas en la isla existe un enorme trabajo científico desarrollado durante todo el año por los técnicos del Servicio de Extensión Agraria y de la Granja Agrícola Experimental.

Los resultados de esta decimoséptima edición ponen de manifiesto el extraordinario nivel alcanzado por las variedades evaluadas y confirman la importancia de combinar investigación agronómica con análisis sensorial para ofrecer al sector y a los consumidores la mejor información posible. Tras la valoración de los parámetros organolépticos establecidos por el jurado, la variedad Búster, representada por la empresa Pep Innovation S.L.U., fue proclamada Mejor Papa de Valoración Organoléptica, seguida por Negra Yema de Huevo y Gatsby, tres variedades que destacaron por su excelente equilibrio entre sabor, textura y calidad culinaria.

 

La versatilidad de Búster volvió a quedar patente al alzarse también con el primer puesto en las categorías de papas sancochadas y papas fritas, consolidándose como una de las variedades más completas de la cata. En la modalidad de papas arrugadas, una de las preparaciones más emblemáticas de la gastronomía canaria, la vencedora fue Galáctica, seguida de Gatsby y Búster, evidenciando el elevado potencial gastronómico de las variedades ensayadas.

 

La calidad visual del producto también tuvo su reconocimiento. En la categoría de Mejor Imagen, el primer premio recayó en la variedad Jelly, representada por Europlant, mientras que Electra y Picasso ocuparon la segunda y tercera posición, respectivamente. Una clasificación que demuestra que la innovación varietal no solo debe responder a criterios de productividad y resistencia, sino también a las crecientes exigencias comerciales y de presentación que demanda el mercado.

 

Más allá del resultado de un concurso, esta clasificación constituye una valiosa herramienta para orientar las decisiones de las personas agricultoras, facilitar la transferencia de conocimiento al sector y ofrecer al consumidor referencias objetivas sobre las variedades que mejor responden a cada uso culinario. Es, en definitiva, la culminación visible de un intenso trabajo de investigación, experimentación y asesoramiento técnico que el Cabildo de Gran Canaria desarrolla durante todo el año para seguir fortaleciendo uno de los cultivos estratégicos de la isla.

En la Finca de Osorio no se improvisa el futuro del cultivo. Allí se ensayan nuevas variedades, se comparan rendimientos, se estudian resistencias frente a enfermedades y se seleccionan aquellas capaces de ofrecer mejores resultados tanto para la persona agricultora como para la consumidora.

Este año se han evaluado veinticuatro variedades mediante un riguroso diseño experimental. Ocho de ellas eran completamente nuevas y dieciséis repetían tras haber demostrado excelentes resultados en campañas anteriores. Los ensayos permiten conocer qué variedades producen más, cuáles resisten mejor las enfermedades y cuáles ofrecen una mayor calidad culinaria.

La campaña de 2026 no ha sido sencilla. Las lluvias persistentes, las bajas temperaturas del suelo, la elevada humedad y la aparición de nuevas cepas especialmente agresivas de mildiu y alternaria redujeron notablemente los rendimientos respecto a campañas anteriores. A ello se sumaron ataques puntuales de minador y problemas bacterianos como el pie negro (Pectobacterium y Dickeya)

Sin embargo, incluso en un año difícil, la investigación vuelve a demostrar su importancia. Cerca del 40 % de las variedades ensayadas mostraron una elevada resistencia frente a estos hongos, ofreciendo información valiosísima para orientar las futuras plantaciones.

Especialmente significativa resulta la ausencia de ataques de la polilla guatemalteca (Tecia solanivora), dentro de los ensayos del Cabildo. No es casualidad. Es el resultado de un Plan de Control desarrollado desde hace años que moviliza aproximadamente 600.000 euros anuales para colaborar con las personas agricultoras en la retirada del material infectado y fomentar nuevas prácticas agronómicas como las rotaciones de cultivo y la utilización de tratamientos más respetuosos con el medio ambiente. La incidencia de la plaga disminuye campaña tras campaña porque la prevención siempre resulta más eficaz que la improvisación.

Pero reducir la acción pública únicamente a la investigación sería profundamente injusto.

El Programa Insular de Desarrollo del Cultivo de la Papa constituye probablemente una de las estrategias agrícolas más completas desarrolladas en Canarias. Abarca el asesoramiento técnico permanente a personas agricultoras consolidadas y nuevos productores; la formación especializada en plantación, fertilización, riego, control fitosanitario y gestión empresarial; los análisis de suelos y enfermedades; los estudios continuos de costes de producción; las ayudas para recuperar terrenos abandonados mediante el Banco de Tierras; las subvenciones destinadas a pequeñas inversiones y maquinaria; la mejora de caminos agrícolas y la ejecución de importantes infraestructuras hidráulicas para garantizar el agua de riego.

No son actuaciones aisladas. Forman parte de una visión integral que entiende que el éxito de una explotación agrícola depende tanto del conocimiento técnico como de disponer de agua, accesos adecuados, rentabilidad económica y acompañamiento institucional.

Especialmente esperanzadora resulta la futura creación de una asociación insular de personas productoras de papa, impulsada desde la propia Consejería junto al sector. La organización colectiva fortalece la capacidad negociadora de las personas agricultoras, facilita la transferencia de conocimiento y favorece una interlocución mucho más eficaz con las administraciones públicas.

Todo ello responde además a los objetivos estratégicos definidos para el sector primario de Gran Canaria: mejorar la competitividad de las explotaciones, reforzar el asesoramiento técnico, profesionalizar el sector, fomentar el intercambio de conocimiento, impulsar prácticas agrícolas ambientalmente sostenibles y dignificar la figura de la persona agricultora como garante del equilibrio territorial.

Porque cultivar papas no consiste únicamente en producir alimentos.

Cada finca que permanece activa evita el abandono del territorio. Cada persona agricultora que continúa trabajando contribuye a fijar población en las medianías y la cumbre. Cada bancal cultivado mantiene vivo ese paisaje en mosaico que actúa como una barrera natural frente a los grandes incendios forestales. La agricultura produce alimentos, pero también biodiversidad, paisaje, empleo, identidad y protección ambiental.

Los datos económicos ayudan igualmente a comprender el esfuerzo que realiza quien cultiva la tierra. Los estudios de costes elaborados y validados por el propio sector sitúan el coste medio de producción entre 0,70 y 0,75 euros por kilogramo. Frente a ello, las ayudas vinculadas a la comercialización, la superficie cultivada o la pertenencia a organizaciones de productores alivian parcialmente ese esfuerzo, contribuyendo a mantener la viabilidad económica de unas explotaciones que difícilmente podrían competir en igualdad de condiciones con grandes producciones continentales.

Por eso resulta tan importante poner rostro a quienes hacen posible esta realidad. Detrás de cada saco de papas hay personas agricultoras que madrugan antes del amanecer, técnicas que investigan nuevas variedades, personal administrativo que tramita expedientes, especialistas que analizan suelos y enfermedades, comunidades de regantes que garantizan el agua y profesionales que planifican infraestructuras pensando en las próximas generaciones.

También por eso adquieren tanto valor iniciativas como la VIII Feria Insular de la Papa de Gran Canaria, que volverá a convertir Teror en el gran escaparate del sector. Allí no solo se mostrarán las variedades cultivadas; también se compartirán los resultados de los ensayos, se celebrarán jornadas técnicas, concursos gastronómicos y fotográficos, reconocimientos a personas productoras y espacios para acercar el conocimiento científico a la ciudadanía. Porque la innovación solo cobra verdadero sentido cuando termina llegando a quienes cultivan la tierra y a quienes consumen sus frutos.

La papa de Gran Canaria es, en definitiva, mucho más que un cultivo. Es una política pública bien orientada, una apuesta por la autosuficiencia alimentaria, un ejemplo de colaboración entre administración y sector productor y una demostración de que el desarrollo rural no pertenece al pasado, sino que constituye una de las mejores inversiones de futuro.

Mientras existan personas agricultoras dispuestas a seguir sembrando y administraciones comprometidas con acompañarlas mediante investigación, asesoramiento, infraestructuras y planificación, Gran Canaria continuará escribiendo una historia de éxito silenciosa, pero extraordinariamente valiosa. Una historia que comienza en un pequeño tubérculo enterrado bajo la tierra y termina convirtiéndose en alimento, empleo, paisaje, identidad y esperanza para toda una isla.

*Diego Fernando Ojeda Ramos, fue concejal del Ayuntamiento de Telde y actualmente es asesor en la Consejería del sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad Hídrica del Cabildo Insular de Gran Canaria.


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