Los Finaos: la memoria que
hace país
Hay noches en las que
una casa parece ensancharse para que quepan quienes ya no están. Basta
pronunciar un nombre, recordar una ocurrencia o reconocer en nuestras manos un
gesto aprendido de alguien querido. Entonces, alrededor de la mesa, la ausencia
encuentra compañía. De eso habla nuestra tradición de Los Finaos: de reunirnos
para recordar, de compartir los frutos del otoño mientras las historias
devuelven a nuestros seres queridos un lugar entre nosotros.
En distintos rincones
de Canarias, las castañas, las nueces, las almendras y los relatos familiares
han acompañado esa manera de mantener viva la memoria. Cada familia conserva
sus nombres, sus anécdotas y sus formas de celebrar el encuentro. Entre todas
componen una herencia que merece llegar a quienes vienen detrás.
Cuando pienso en el
sentido de esta tradición, vuelvo a mi bisabuela Lolita Peña, a nuestra Malola,
y a su casa de la calle Ruiz, 27. Siempre tenía algo para compartir con las
personas que llegaban. Aquella casa era un auténtico punto de encuentro para la
familia, las vecinas y las amistades. Su generosidad había convertido una
dirección en un lugar de pertenencia.
Hoy, al recordarla,
comprendo que también se educaba allí. En su manera de recibir, en la disposición
a compartir, en hacer sitio a quienes se acercaban. Como maestro, encuentro en
esa memoria una enseñanza que quisiera transmitir a mi alumnado: una comunidad
se construye con gestos cotidianos, con personas capaces de ofrecer algo de lo
que tienen y de su tiempo a las demás.
Por eso Malola tiene
un lugar en estas palabras sobre Los Finaos. Porque nuestras tradiciones
adquieren profundidad cuando las vinculamos a las vidas que les dan sentido.
Para mí, la memoria tiene también su nombre, el de Lolita Peña, y aquella
dirección: calle Ruiz, 27. Contar cómo era su casa permite que quienes no la
conocieron reciban algo de su legado.
También ella hizo
Canarias. Como tantas mujeres que sostuvieron familias, cuidaron vínculos y
conservaron relatos mientras su propia historia quedaba relegada al silencio.
Recordarlas significa devolverles voz y reconocer que la memoria de un pueblo
se guarda también en sus cocinas, en sus patios y en las conversaciones de
quienes lo cuidaron.
Desde mi mirada
canarista, Los Finaos tienen ese valor inmenso: nos ayudan a reconocernos como
parte de una historia compartida. El sentimiento de pertenencia crece cuando
sabemos de dónde vienen nuestras palabras, nuestras costumbres y nuestros
afectos. Canarias se hace presente en lo que contamos y en lo que decidimos
transmitir.
Cuando alguien
pregunta cómo era aquella persona a la que nunca llegó a conocer, una
generación entrega a otra un pequeño legado. La infancia descubre que su mundo
comenzó antes de su nacimiento y que hay vidas que siguen acompañándonos a
través de lo aprendido. Así, un recuerdo familiar encuentra continuidad y pasa
a formar parte de una memoria más amplia, la de nuestro pueblo.
Como maestro, creo
que la escuela canaria tiene una responsabilidad especial en esa transmisión.
Nuestras niñas y nuestros niños merecen conocer la cultura del lugar donde
viven. Merecen encontrarla en sus aulas con naturalidad, con profundidad y con
alegría. Sus barrios, sus mayores, sus paisajes y sus tradiciones deben formar
parte de aquello que la escuela considera digno de ser aprendido.
Celebrar Los Finaos
en un colegio ofrece una oportunidad preciosa para hacerlo. Podemos abrir las
puertas a las familias, escuchar a las abuelas y los abuelos, recoger
expresiones, escribir recuerdos y descubrir cómo se vivía esta tradición en
cada casa. El asadero de castañas adquiere todo su sentido cuando alrededor de
él circulan las historias. La celebración se convierte entonces en aprendizaje,
encuentro y reconocimiento.
Me gustaría que
nuestro alumnado pudiera descubrir sus propias casas de la calle Ruiz, sus
lugares de encuentro, las personas que dejaron una huella en su familia. Que
preguntara quién recibía siempre con algo para compartir, quién mantenía unidos
a los demás, quién enseñó una canción o una manera de cuidar. Ahí hay una
riqueza educativa que merece entrar en nuestras aulas.
También podemos
educar en la sensibilidad. Hablar de quienes nos faltan exige delicadeza: cada
criatura tiene su historia y su manera de sentir. Debe haber espacio para
compartir y también para guardar silencio. Recordar admite muchas formas; la
tristeza merece compañía y el cariño encuentra caminos para permanecer.
Frente al enorme
escaparate de Halloween, nuestras tradiciones necesitan tiempo, presencia y compromiso.
Los disfraces, los personajes y la publicidad llegan con una fuerza que una
conversación familiar difícilmente puede igualar. Cuando ese despliegue ocupa
el calendario escolar y Los Finaos apenas reciben una explicación apresurada,
transmitimos una jerarquía cultural que conviene revisar. Lo que llega
respaldado por el mercado acaba teniendo más espacio que aquello que hemos recibido
de nuestros mayores.
Aprender sobre otras
culturas enriquece a nuestro alumnado. Esa apertura debe ir acompañada del
conocimiento y la valoración de la propia. Me preocupa que una niña o un niño
conozca numerosos personajes de Halloween y termine Primaria sin haber
escuchado qué significan Los Finaos. Ahí tenemos una tarea pendiente quienes
educamos y una responsabilidad que debemos asumir con convicción.
La escuela dispone de
algo valioso: la capacidad de detenerse, preguntar y dar sentido. Puede
convertir una fecha del calendario en una conversación entre generaciones.
Puede hacer que una persona mayor se sienta escuchada y que una criatura
descubra con orgullo una costumbre de su familia. Puede incorporar también al
alumnado llegado de otros lugares, invitándolo a conocer Canarias y a compartir
sus propias memorias. La pertenencia se fortalece cuando ofrece un lugar desde
el que participar.
Hacer cultura y hacer
país tiene mucho que ver con esos gestos. Con decidir qué merece continuidad.
Con conceder valor a las voces cercanas y procurar que nuestras tradiciones
tengan un porvenir en la experiencia de la infancia. El canarismo que siento y
defiendo encuentra aquí una expresión concreta: cuidar la memoria de nuestra
gente y darle espacio en la educación de quienes construirán la Canarias del
mañana.
Ojalá en nuestras
escuelas el olor de las castañas venga acompañado de preguntas, de nombres y de
historias. Que haya una silla para quienes tienen algo que contar y unos oídos
dispuestos a recibirlo. Que cada recuerdo compartido ayude a comprender cuánto
de nuestra vida procede del amor y del esfuerzo de otras personas.
Yo, al pronunciar el
nombre de Malola, vuelvo a encontrarme con aquella casa de la calle Ruiz, 27,
donde siempre había algo para compartir. Y quisiera que algo de esa generosidad
siguiera viviendo en mi manera de enseñar, de recibir y de acompañar.
Quizá ese sea uno de
los regalos más hondos de Los Finaos: permitirnos transformar el recuerdo en
una forma de vivir. Que lo recibido encuentre continuidad en nuestros actos.
Que un día nuestras niñas y nuestros niños se sienten alrededor de otra mesa y
cuenten lo que aprendieron de quienes estuvimos antes.
Mientras alguien
escuche esas historias, seguirá viviendo una parte de nosotros. Seguirá
haciéndose Canarias.
Diego
Fernando Ojeda Ramos fue concejal del Ayuntamiento de Telde






