La lealtad de
quedarse
Vivimos tiempos extraños para la palabra lealtad.
Parece una virtud antigua, desplazada por la velocidad de
las redes, la fugacidad de las opiniones y la comodidad de los intereses
cambiantes. Hoy se celebra con frecuencia la habilidad para adaptarse a
cualquier circunstancia, para estar siempre cerca del poder, para cambiar de
bandera según soplen los vientos. Sin embargo, los pueblos no se construyen
sobre la conveniencia. Se construyen sobre la lealtad.
Y pocas lealtades son tan profundas como la que se debe a la
tierra que nos vio nacer.
No hablo de una lealtad ciega. Tampoco de un patriotismo
superficial hecho de símbolos vacíos o de discursos grandilocuentes. Hablo de
una lealtad mucho más exigente. La lealtad que obliga a preguntarse cada día
qué podemos hacer por nuestro pueblo antes de preguntarnos qué puede hacer
nuestro pueblo por nosotros.
Canarias conoce bien el significado de esa palabra.
Durante siglos, estas islas fueron tierra de emigrantes.
Generaciones enteras tuvieron que marcharse buscando oportunidades que aquí les
fueron negadas. Nuestros abuelos cruzaron océanos con una maleta de cartón y el
corazón dividido entre la esperanza y la nostalgia. Aprendieron a sobrevivir
lejos sin dejar nunca de pertenecer a esta tierra.
Aquellos hombres y mujeres comprendían algo que hoy corremos
el riesgo de olvidar: que la lealtad no consiste únicamente en amar un lugar,
sino en asumir la responsabilidad de cuidarlo.
Porque la lealtad verdadera no se mide cuando todo va bien.
La lealtad se pone a prueba cuando aparecen las
dificultades.
Es fácil amar una tierra cuando prospera. Es más difícil
defenderla cuando otros deciden por ella. Cuando los beneficios del crecimiento
se marchan lejos. Cuando las personas jóvenes no encuentran oportunidades.
Cuando las personas trabajadoras ven cómo el fruto de su esfuerzo enriquece a
otros. Cuando las decisiones que afectan a nuestra vida se toman a miles de
kilómetros de distancia.
Es precisamente entonces cuando la lealtad adquiere sentido
político.
En mi opinión es una cuestión sentimental. Es una cuestión
de justicia.
Ser leal a Canarias significa defender el derecho de quienes
viven y trabajan aquí a decidir sobre su propio futuro. Significa poner en el
centro a las personas antes que a los intereses económicos que utilizan el
territorio como un simple recurso. Significa comprender que la riqueza de estas
islas no puede medirse únicamente en cifras de visitantes o balances
empresariales, sino también en la calidad de vida de quienes las habitan.
La lealtad a Canarias es la lealtad a las personas
agricultoras y ganaderas que resisten en nuestras medianías cada vez más
despobladas.
Es la lealtad a las personas pescadoras artesanales que
siguen mirando al mar como hicieron sus antepasados pero con una nueva
preocupación la acuicultura intensiva que amenaza la sostenibilidad.
Es la lealtad a las personas trabajadoras que sostienen
nuestra economía.
Es la lealtad a la juventud que desean construir aquí su
proyecto de vida sin verse obligados a marcharse.
Es la lealtad a quienes cuidan nuestros montes, nuestros
barrancos, nuestros paisajes y nuestro patrimonio cultural.
Porque una nación no es únicamente un territorio.
Una nación es una comunidad humana que comparte una memoria
y una esperanza.
Y la esperanza necesita raíces.
Las raíces no son cadenas que nos atan al pasado. Son el
punto de apoyo que nos permite avanzar hacia el futuro sin olvidar quiénes
somos.
Por eso la lealtad no consiste en mirar constantemente hacia
atrás.
Consiste en caminar hacia adelante llevando con nosotros la
herencia recibida.
Nuestros mayores nos legaron mucho más que unas islas. Nos
legaron una forma de entender la vida basada en la solidaridad, en el esfuerzo
colectivo y en la dignidad de la gente sencilla. Nos enseñaron que nadie se
salva solo y que los pueblos que olvidan a los más vulnerables terminan
perdiéndose a sí mismos.
Esa es la tradición que merece ser defendida.
No la tradición inmóvil de los museos.
La tradición viva de la justicia social.
La tradición de quienes lucharon para que Canarias fuera un
lugar más digno para vivir.
La tradición de quienes entendieron que el amor a la tierra
y la defensa de los derechos sociales no son caminos distintos, sino
exactamente el mismo camino.
Por eso la lealtad a Canarias exige también valentía.
La valentía de denunciar aquello que perjudica a nuestro
pueblo aunque resulte incómodo.
La valentía de defender un modelo económico más equilibrado
y sostenible.
La valentía de reclamar mayor capacidad de decisión para
nuestras instituciones.
La valentía de pensar en las próximas generaciones y no
únicamente en las próximas elecciones.
Porque la lealtad auténtica siempre mira más allá de uno
mismo.
Mira hacia quienes estuvieron antes.
Y hacia quienes vendrán después.
Quizá, al final, la lealtad sea simplemente eso.
Elegir quedarse.
Quedarse física o emocionalmente.
Quedarse comprometido.
Quedarse defendiendo lo que merece ser defendido.
Quedarse del lado de la gente que trabaja, que crea, que
cuida y que sueña.
Quedarse al lado de Canarias.
No porque sea perfecta.
Sino precisamente porque es nuestra.
Porque la lealtad no consiste en amar aquello que no tiene
defectos.
Consiste en comprometerse con aquello que consideramos digno
de un futuro mejor.
Y pocas causas pueden ser más nobles que trabajar para que
el pueblo canario pueda construir ese futuro con sus propias manos, sobre la
tierra de sus mayores y pensando en la felicidad de quienes aún están por
llegar.
-Diego Fernando Ojeda
Ramos, fue concejal del Ayuntamiento de Telde y actualmente es asesor en la
Consejería del sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad Hídrica del
Cabildo Insular de Gran Canaria.









