Poder
elegir es una de las mayores conquistas de nuestra sociedad, aunque quizás sea
también una de las que menos valoramos. Elegir qué pensamos, cómo vivimos, a
quién amamos o qué futuro deseamos construir. Poder caminar de la mano de la
persona que queremos, sin miedo a las miradas, los prejuicios o la
discriminación. Libertades que hoy nos parecen naturales, pero que durante
demasiado tiempo estuvieron condicionadas por el miedo y la imposición. El
pasado domingo, durante la tradicional marcha a la Sima de Jinámar, esta
reflexión cobró para mí un significado especial. Mientras recorríamos aquellos
senderos pedregosos, pensaba en quienes fueron conducidos hasta ese mismo lugar
contra su voluntad, víctimas de la represión. Nosotros podíamos detenernos,
contemplar el paisaje, continuar caminando o regresar a casa con nuestras
familias. Ellos no tuvieron esa posibilidad. Pensé en sus vidas, en las
personas que los esperaban y en todo aquello que nunca pudieron llegar a vivir.
Aquella experiencia me recordó el extraordinario valor de decidir sobre
nuestras propias vidas y me dejó dos enseñanzas que considero fundamentales:
respeto y memoria, precisamente por ese orden.
Nuestra
historia demuestra que los derechos y libertades que hoy disfrutamos son fruto
de un largo proceso de transformaciones políticas, sociales y económicas.
España atravesó diferentes regímenes, una guerra civil, décadas de dictadura y
una transición democrática que dio lugar a la Constitución de 1978. Detrás de
esos acontecimientos hay historias de personas como cualquiera de nosotros:
familias que conocieron la miseria, el miedo, la represión o la ausencia de
libertades, pero también hombres y mujeres que, incluso en las circunstancias
más difíciles, trabajaron para que sus hijos y nietos tuvieran una vida mejor.
Por eso creo que conocer nuestro pasado y reconocer a las víctimas es una
responsabilidad que nos corresponde a todos. No para alimentar enfrentamientos,
sino para comprender el sufrimiento, aprender de las injusticias y evitar que
vuelvan a repetirse. Respetar no significa compartir las ideas de los demás,
sino reconocer su derecho a pensar y vivir de manera diferente. Y recordar no
significa quedarse atrapado en el pasado, sino comprender cuánto costó
conquistar derechos que hoy forman parte de nuestra vida cotidiana.
Pero
también he aprendido que la libertad no consiste solamente en tener derechos
reconocidos, sino en disponer de oportunidades reales para ejercerlos. ¿De qué
sirve decirle a una persona que puede construir su futuro si no tiene recursos
para estudiar, acceder a una vivienda o encontrar un empleo digno? ¿Cómo hablar
de libertad a una familia que vive pendiente de llegar a final de mes? Son
realidades que conozco de cerca y que me recuerdan que detrás de las
estadísticas hay personas con nombres, historias, preocupaciones y sueños. Por
eso defiendo unas administraciones públicas que escuchen, acompañen y ofrezcan
respuestas, especialmente a quienes atraviesan mayores dificultades. Creo en la
igualdad de oportunidades, en la solidaridad y en la responsabilidad colectiva
de cuidar aquello que nos pertenece a todos. Porque una sociedad no debería
medir su progreso únicamente por lo que consigue, sino también por su capacidad
para mejorar la vida de quienes más lo necesitan.
Vine
a la política, y sigo en ella, convencido de que merece la pena dar lo mejor de
mí para contribuir a construir un futuro mejor para todas las personas. Desde
los quince años, mi participación en iniciativas sociales y vecinales me ha
permitido aprender algo que nunca he olvidado: detrás de cada expediente, de
cada solicitud y de cada problema hay una persona que espera ser escuchada y
una familia que, muchas veces, necesita respuestas. Creo en una política
cercana, honesta y resolutiva, donde ninguna preocupación sea demasiado pequeña
para merecer atención. Estoy aquí para defender lo que es de todos, combatir la
corrupción y las injusticias, vengan de donde vengan, y trabajar para que nadie
quede atrás. También para escuchar a quienes piensan diferente, reconocer mis
errores y seguir aprendiendo. No tengo respuestas para todo ni siempre consigo
ayudar tanto como quisiera, pero intento no perder nunca la sensibilidad ante
los problemas ajenos. Porque ejercer una responsabilidad pública no nos hace
superiores a nadie; al contrario, nos obliga a recordar cada día que estamos al
servicio de los demás. Esa es mi forma de entender la política, con humildad,
compromiso y la voluntad sincera de ser útil.
Regresé
de aquella caminata pensando en quienes no pudieron volver, en sus familias y
en tantas personas que dedicaron sus vidas a conquistar las libertades que hoy
disfrutamos. También pensé en Telde, en nuestros barrios y en toda esa gente
que, con su esfuerzo cotidiano, mantiene viva nuestra ciudad. Creo
profundamente en las personas, en el trabajo compartido y en la posibilidad de
construir una sociedad más justa si aprendemos a escucharnos y respetarnos.
Quizás deberíamos preguntarnos más a menudo qué hacemos con la libertad que
hemos heredado y qué estamos dispuestos a hacer para que otras personas también
puedan disfrutarla. Porque poder elegir va mucho más allá de tomar decisiones
sobre nuestra propia vida: significa hacerlo con criterio, buscando información,
valorando los hechos con objetividad, comprendiendo las circunstancias de los
demás y pensando también en el bienestar colectivo. Elegir libremente es un
derecho; hacerlo con criterio, empatía y solidaridad es una responsabilidad. Y
quizás la mejor manera de honrar a quienes nos precedieron sea construir, entre
todos, un futuro en el que nadie tenga que elegir entre vivir con dignidad o
renunciar a sus sueños.
José Luis Macías Alonso es Candidato a la Alcaldía, Portavoz
de Nueva Canarias–Bloque Canarista en el Ayuntamiento de Telde Y Secretario
General de Nueva Canarias – Bloque Canarista Telde.






