Cuando se acaban los
argumentos
Hay una vieja máxima no escrita en la política: cuando escasean los
argumentos, aparece el ataque personal. Es el recurso más sencillo, el más
rápido y, en ocasiones, el más eficaz para desviar la atención del verdadero
debate. Porque discutir ideas exige conocimiento, preparación y voluntad de
escuchar. Atacar a la persona solo requiere un teclado, un perfil en una red
social o el amparo de un pseudomedio, y la intención de hacer daño.
Vivimos una época paradójica. Nunca antes había sido tan fácil acceder a la
información y, sin embargo, nunca había resultado tan sencillo difundir la
desinformación. Las redes sociales han democratizado la palabra, un avance
indiscutible para la libertad de expresión, pero también han abierto la puerta
a un fenómeno inquietante: la sustitución del debate por el insulto, de la
razón por la descalificación y de los hechos por el ruido.
Cuando alguien no domina un asunto o carece de argumentos sólidos, rara vez
decide estudiar, escuchar o aprender. Con demasiada frecuencia opta por
desacreditar a quien sabe más, cuestionar sus intenciones o caricaturizar sus
ideas. Es más fácil etiquetar a una persona de ignorante, corrupta, vendida o
incapaz que responder con datos, propuestas o razones. El ataque personal se
convierte así en un refugio para quien no encuentra la solidez intelectual
necesaria para sostener su posición.
Ese mecanismo tiene incluso un nombre en la tradición filosófica: el ataque
"ad hominem". En lugar de refutar una idea, se intenta destruir la
credibilidad de quien la defiende. La verdad deja de importar; lo importante es
que el adversario quede señalado. El debate público deja entonces de ser un
espacio para confrontar proyectos y se transforma en un espectáculo donde
vencer importa más que convencer.
Las redes sociales amplifican este fenómeno. El anonimato o el refugio tras
perfiles falsos proporcionan una sensación de impunidad que difícilmente
existiría en una conversación cara a cara. Hay quienes jamás se atreverían a
pronunciar determinadas palabras delante de otra persona, pero las escriben sin
pudor desde la comodidad de una pantalla. La distancia digital elimina el
gesto, la mirada y la responsabilidad moral que acompañan a cualquier diálogo
entre seres humanos.
A esa realidad se suma la proliferación de los llamados pseudomedios:
espacios que adoptan la apariencia de medios de comunicación, pero que
renuncian a los principios esenciales del periodismo. Su objetivo no siempre es
informar, sino influir; no siempre es contrastar los hechos, sino confirmar los
prejuicios de su audiencia; no siempre es buscar la verdad, sino generar
indignación, clics y polarización. La opinión se disfraza de noticia, el rumor
se presenta como prueba y la sospecha acaba convertida en sentencia.
Paradójicamente, quienes más invocan la libertad de expresión son, en
ocasiones, quienes menos toleran la libertad de pensamiento. Confunden la
crítica con una agresión personal y responden a los argumentos con campañas de
descrédito. No pretenden rebatir una idea; pretenden desacreditar a quien la
expresa. Es una estrategia tan antigua como eficaz: si no puedes desmontar el
mensaje, intenta destruir al mensajero.
Sin embargo, una democracia madura necesita exactamente lo contrario.
Necesita periodistas que verifiquen antes de publicar, ciudadanía que contraste
antes de compartir y responsables públicos capaces de responder a las críticas
con argumentos en lugar de recurrir a la descalificación. La discrepancia
fortalece la democracia; el insulto la empobrece.
Quien confía en la fuerza de sus ideas no necesita destruir a quien piensa
diferente. Expone, razona, escucha y convence. Quien recurre sistemáticamente
al ataque personal suele revelar, quizá sin pretenderlo, la fragilidad de su
propia posición. El insulto puede proporcionar un aplauso fácil, un titular
llamativo o miles de interacciones en las redes sociales, pero jamás sustituirá
a un argumento bien construido.
La política nació para confrontar ideas, no para destruir personas. El
adversario político no es un enemigo; es alguien que propone un camino distinto
para alcanzar el bien común. Cuando olvidamos esa diferencia, dejamos de hacer
política para alimentar la confrontación permanente y convertir el espacio
público en un campo de batalla.
Hace más de dos mil años, Aristóteles afirmó que "el hombre es por
naturaleza un animal político". Con ello no solo describía nuestra
necesidad de vivir en comunidad, sino también nuestra capacidad para deliberar,
dialogar y buscar juntos el bien común. Esa es la esencia de la política: el intercambio
de razones, no el intercambio de insultos.
Porque los argumentos construyen puentes; los insultos solo levantan
trincheras. Los puentes permiten que las ideas circulen, que las diferencias se
comprendan y que las sociedades avancen. Las trincheras, en cambio, aíslan,
enfrentan y convierten al vecino en un adversario permanente.
Una sociedad que sustituye los puentes por las trincheras termina olvidando
que la política nació para encontrarse, para dialogar y para construir un
futuro compartido. La democracia no se fortalece cuando todos piensan igual,
sino cuando quienes piensan distinto son capaces de debatir con respeto,
honestidad y argumentos. Esa es la verdadera grandeza de la política y también
la mayor responsabilidad de quienes participan en ella. Como enseñó
Aristóteles, la política solo alcanza su plenitud cuando está orientada al bien
común; todo lo que la aleja de ese propósito —el insulto, la mentira y la
descalificación— no la fortalece, sino que la degrada.
Diego
Fernando Ojeda Ramos, fue concejal del Ayuntamiento de Telde y actualmente es
asesor en la Consejería del sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad
Hídrica del Cabildo Insular de Gran Canaria.





