Una isla que se niega a
dejar de creer en sí misma
Artículo de Diego Ojeda Ramos.
Hay una manera sencilla de saber si un territorio está vivo:
mirar si todavía es capaz de producir, transformar y reconocer aquello que nace
de su propia tierra.
Por eso hablar del vino de Gran Canaria es hablar de mucho
más que de viticultura.
Es hablar de identidad, paisaje, economía, cultura y
soberanía alimentaria.
Y también de una convicción que debería acompañar cualquier
política pública relacionada con nuestro sector primario: que defender el campo
no significa mirar al pasado, sino construir futuro.
Hoy Gran Canaria puede presumir de unos vinos que han
conseguido hacerse un nombre más allá de nuestras islas. Pero ese
reconocimiento no ha surgido de la nada. Detrás hay décadas de esfuerzo de
viticultoras y viticultores, bodegas que han resistido, conocimiento
transmitido entre generaciones y una apuesta decidida por ordenar, proteger y
valorizar un patrimonio que forma parte de nuestra identidad.
La creación de la Denominación de Origen de Gran Canaria
fue, en ese sentido, mucho más que la creación de una marca.
Fue decirle al mundo que esta isla tenía una personalidad
vitivinícola propia.
Que el vino producido en nuestras medianías y cumbres no
debía competir únicamente por precio, sino por aquello que no puede copiarse:
su origen.
Porque cuando hablamos de una denominación de origen estamos
hablando de territorio. De variedades. De clima. De paisaje. De tradición. De
personas.
Estamos diciendo que una botella no comienza cuando se
descorcha.
Comienza mucho antes.
Comienza en una parcela, en una cepa, en una poda, en una
vendimia. Comienza en las manos de quien trabaja una tierra difícil y, muchas
veces, poco agradecida. Comienza en el conocimiento de quien sabe cuándo
esperar y cuándo actuar.
Y ahí aparece una palabra que resulta imprescindible:
valorizar.
Durante demasiado tiempo hemos cometido el error de medir el
campo exclusivamente por toneladas, hectáreas o euros. Pero el sector primario
produce mucho más que alimentos.
Produce paisaje.
Produce cultura.
Produce identidad.
Produce arraigo.
Produce territorio.
Y, cuando se abandona, no desaparece solamente una actividad
económica. Desaparece una parte de la isla.
La Política también se hace entre viñasPor eso las políticas
impulsadas desde la Consejería de Sector Primario, Soberanía Alimentaria y
Seguridad Hídrica del Cabildo de Gran Canaria tienen una importancia que
trasciende la propia actividad agrícola.
Porque apostar por el sector primario es apostar por una
Gran Canaria menos dependiente, más sostenible y más orgullosa de lo que
produce.
Es defender el producto local frente a la lógica de que todo
puede traerse de fuera.
Es favorecer el Km 0.
Es acercar al consumidor a quien produce.
Es hacer posible que el valor generado por nuestra tierra permanezca,
en la medida de lo posible, en nuestro territorio.
Y es comprender que la soberanía alimentaria no significa
producir absolutamente todo lo que consumimos —algo imposible en una isla—,
sino tener mayor capacidad para producir, decidir y proteger aquello que
podemos producir.
El vino es un magnífico ejemplo.
Porque detrás de una botella de vino de Gran Canaria hay una
cadena de valor que empieza en el campo y puede terminar en nuestros
restaurantes, comercios, hoteles y hogares.
Cada botella que se vende es también una oportunidad para
mantener una parcela cultivada.
Y una parcela cultivada es una forma de conservar paisaje.
Y conservar paisaje es también cuidar la isla.
Quizá uno de los símbolos más hermosos de esta apuesta sea
la recuperación de la Bodega Insular de San Mateo.
Porque recuperar una infraestructura no consiste únicamente
en abrir sus puertas.
Consiste en devolverle una función.
Y la función más importante que puede tener un espacio
vinculado al campo es servir para que el conocimiento no se pierda.
La Bodega Insular es hoy también un espacio de formación,
experimentación, encuentro y divulgación. El ciclo que allí se desarrolla
representa una idea fundamental: no habrá relevo generacional si no hay
conocimiento que transmitir ni oportunidades para aplicarlo.
Una política agraria moderna necesita ayudas,
infraestructuras y promoción.
Pero necesita también formación.
Porque el futuro del campo no se construye únicamente con
subvenciones.
Se construye formando a quienes mañana tendrán que tomar el
relevo.
Y después está la Ruta del Vino de Gran Canaria.
Una iniciativa que nos recuerda que el vino no termina en la
botella.
El vino tiene que volver al lugar donde nació.
Tiene que llevarnos a las medianías, a las bodegas, a las
viñas, a los municipios rurales.
Tiene que permitirnos conocer a quienes están detrás de cada
cosecha.
Porque cuando una persona visita una bodega, recorre una
viña y escucha la historia de quien la trabaja, cambia su manera de mirar el
vino.
Y probablemente cambia también su manera de mirar el campo.
Ya no ve simplemente una botella.
Ve una historia.
Ve una familia.
Ve un paisaje.
Ve horas de trabajo.
Ve una forma de vida.
Eso también es política de sector primario.
Y entonces llegan las noticias que nos permiten comprobar
que el camino merece la pena.
Gran Canaria vuelve a brillar en el Mondial des Vins
Extrêmes 2026.
La DOP Gran Canaria ha conseguido una Gran Medalla de Oro y
cinco Medallas de Oro en uno de los certámenes internacionales de referencia
para los vinos de territorios de viticultura extrema.
Seis reconocimientos.
Pero conviene detenerse un momento antes de celebrar.
Porque una medalla es solamente el resultado final de una
historia que comenzó mucho antes.
Comenzó en la tierra.
Y continuó en las manos.
Bodegas Las Tirajanas, Bodega Bentayga y Bodega Ventura han
llevado el nombre de Gran Canaria al palmarés internacional.
Pero detrás de sus nombres están nuestras viticultoras y
nuestros viticultores.
Personas que trabajan parcelas donde cultivar nunca ha sido
fácil.
Personas que conocen el valor de una cosecha porque saben lo
que cuesta conseguirla.
Personas que han decidido que la viña no desaparezca.
Por eso estas medallas deberían servirnos para algo más que
para sentir orgullo durante unos días.
Deberían servir para reafirmar una política.
La política de creer en nuestro sector primario.
La política de defender nuestros productos.
La política de pagar justamente por el trabajo de quienes
producen.
La política de consumir local.
La política de formar.
La política de promocionar.
La política de conservar nuestro paisaje.
A veces hablamos de soberanía alimentaria como si fuera un
concepto abstracto.
No lo es.
La soberanía alimentaria también cabe en una copa.
Está en elegir un vino producido en Gran Canaria.
En conocer quién lo ha elaborado.
En saber de dónde procede.
En entender que consumir producto local ayuda a mantener
actividad económica y territorio.
Está en comprender que cada decisión de consumo tiene
consecuencias.
Y que cuando elegimos productos de nuestra tierra estamos
diciendo algo más profundo:
Queremos que nuestra tierra siga produciendo.
No se trata de encerrarnos en nosotros mismos.
Al contrario.
El objetivo debe ser que Gran Canaria produzca con calidad y
que esa calidad viaje.
Que nuestros vinos estén en otras mesas.
Que nuestras bodegas sean reconocidas.
Que nuestra agricultura encuentre mercados.
Que el nombre de Gran Canaria salga al exterior no solamente
asociado al sol y al turismo, sino también a la excelencia de aquello que somos
capaces de producir.
Eso es internacionalización con identidad.
Eso es competir desde la singularidad.
Quizá lo más hermoso de estos reconocimientos
internacionales sea precisamente el lugar del que proceden.
Gran Canaria no dispone de grandes extensiones de cultivo.
Nuestra viticultura está condicionada por una orografía
compleja, por la fragmentación de las parcelas y por unas condiciones que
convierten cada cosecha en un desafío.
Pero ahí está nuestra fuerza.
En la dificultad.
En la capacidad de convertir una limitación en una
característica.
En hacer de la viticultura extrema una viticultura
extraordinaria.
Y quizá esa sea una buena metáfora para Canarias.
Somos islas.
Estamos lejos.
Tenemos dificultades.
Dependemos del exterior en muchas cosas.
Pero también tenemos algo que nadie puede importar ni
fabricar:
Nuestro territorio y nuestra manera de habitarlo.
Por eso debemos seguir apostando por aquello que nace aquí.
Por nuestras papas.
Por nuestros quesos.
Por nuestras frutas.
Por nuestros vinos.
Por nuestras mieles.
Por nuestros pescados.
Por nuestras medianías.
Por nuestras personas agricultoras, ganaderas y pescadoras.
Porque defender el sector primario es defender una parte de
nosotros mismos.
Y cuando levantemos una copa de vino de Gran Canaria, quizá
deberíamos hacerlo pensando en todo lo que contiene.
No solamente vino.
También tierra.
También agua.
También paisaje.
También memoria.
También trabajo.
También conocimiento.
También futuro.
Las seis medallas del Mondial des Vins Extrêmes 2026 son un motivo
legítimo de celebración.
Pero son, sobre todo, una invitación a seguir caminando.
A seguir cultivando.
A seguir formando.
A seguir promocionando.
A seguir creyendo.
Porque una isla que conserva sus viñas conserva mucho más
que sus vinos.
Conserva la memoria de su tierra y la posibilidad de
escribir, con sus propias manos, el futuro que quiere.
Y quizá por eso, cuando el vino de Gran Canaria llega a una
copa y el mundo reconoce su calidad, no solamente estamos brindando por una
botella.
Estamos brindando por una isla que se niega a dejar de
producir, de recordar y de creer en sí misma.
Diego Fernando Ojeda
Ramos fue concejal del Ayuntamiento de Telde.











