La
infancia, la gran olvidada.
Esta mañana me
desperté con la lectura de un artículo de un buen amigo sobre el preocupante
aumento de la pobreza infantil en Canarias. Llevaba días observando, casi con
vértigo, el goteo constante de noticias que llegaban desde distintos lugares
del mundo mostrando formas cada vez más crueles de violencia contra la
infancia. Al terminar la lectura comprendí algo que hasta ese momento no había
sido capaz de ordenar con claridad: todas esas realidades estaban profundamente
conectadas. No eran problemas aislados ni tragedias lejanas. Eran distintas
expresiones de un mismo fenómeno: la progresiva erosión de nuestra capacidad
colectiva para proteger a quienes más nos necesitan. La infancia aparecía, una
vez más, como el espejo donde se reflejan muchas de las fracturas de nuestra
sociedad.
Cada día que
abro la prensa, aquí y en cualquier rincón del mundo, siento una mezcla de
indignación, tristeza y preocupación. Resulta estremecedor comprobar hasta qué
punto puede llegar la degradación humana cuando la dignidad deja de ocupar el
centro de nuestras decisiones individuales y colectivas.
Vivimos
tiempos en los que la deshumanización parece abrirse paso con inquietante
normalidad. Una sociedad dominada por el individualismo extremo, el egoísmo y
el narcisismo encuentra en la pérdida de empatía uno de sus principales
mecanismos de reproducción. Y es precisamente en la infancia, en ese espacio
que a menudo permanece invisibilizado en los grandes debates públicos, donde se
observan con mayor crudeza las consecuencias de este proceso.
Las noticias
que llegan desde distintos lugares del mundo deberían provocar una profunda
reflexión colectiva. Países que permiten o facilitan matrimonios infantiles,
niñas privadas de su derecho a decidir sobre sus propias vidas y condenadas a
relaciones forzadas bajo el amparo de la ley o de determinadas interpretaciones
culturales y religiosas. Irak aprobó reformas legales que han generado una
enorme preocupación internacional por la posibilidad de legitimar matrimonios a
edades extremadamente tempranas. En Afganistán, tras el regreso de los
talibanes al poder, los matrimonios infantiles han aumentado impulsados por la
pobreza, la inseguridad y la pérdida de derechos de las mujeres y ya, por ley.
En numerosos países de África y Asia, millones de niñas continúan viendo
truncadas sus oportunidades educativas, su autonomía y su futuro a causa de
estas prácticas.
Sin embargo,
gran parte de la sociedad continúa mirando hacia otro lado, como si estas
realidades pertenecieran a un mundo lejano que nada tuviera que ver con el
nuestro. Nos escandalizamos durante unos minutos, compartimos una noticia en
redes sociales y seguimos adelante. Pero la indiferencia también es una forma
de violencia cuando normaliza el sufrimiento de quienes no tienen voz.
Y no hace
falta viajar miles de kilómetros para encontrar señales de alarma. En España,
las memorias de la fiscalía general del Estado vienen alertando del incremento
de la violencia sexual contra menores y del aumento de los delitos cometidos a
través de internet y las redes sociales. Niños, niñas y adolescentes están
expuestos cada vez más temprano a contenidos violentos, sexuales o degradantes
que influyen en su forma de entender las relaciones humanas y la sexualidad.
La Fiscalía
también advierte de los efectos del consumo precoz de pornografía y de
determinados contenidos digitales que promueven conductas de riesgo.
Paralelamente, las fuerzas de seguridad descubren de forma recurrente redes de
explotación sexual infantil y plataformas donde miles de personas consumen y
comparten material de abuso a menores.
Y aquí surge
una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué nos está sucediendo como sociedad?
¿Qué tipo de indiferencia hemos normalizado para que existan miles de hombres
consumiendo imágenes de violencia sexual contra niños y niñas? ¿Qué vacío ético
se está instalando en nuestras sociedades para que la infancia deje de ser un
territorio sagrado de protección y cuidado?
A veces
hablamos de virus que amenazan nuestra salud colectiva. Sin embargo, existe
otro virus mucho más silencioso y devastador: la pérdida de empatía. Un
virus que no ataca el cuerpo, sino la conciencia. Un virus capaz de hacernos
convivir con el sufrimiento ajeno sin sentir la necesidad de actuar.
La desprotección
de la infancia también adopta formas menos visibles, pero igualmente dañinas.
En Canarias, la pobreza infantil continúa siendo una de las grandes emergencias
sociales de nuestro tiempo. La crisis de la vivienda, el aumento del coste de
la vida y la precariedad laboral empujan a muchas familias a situaciones cada
vez más difíciles. Muchas se ven obligadas a abandonar los núcleos urbanos
porque ya no pueden sostener el coste de la vivienda, desplazándose a zonas
donde los servicios públicos son más escasos y las oportunidades más limitadas.
Mientras
tanto, observamos con preocupación cómo se debilitan algunos pilares
fundamentales del bienestar colectivo. La reducción de recursos públicos
destinados a la educación, la atención temprana, los servicios sociales, la
vivienda o la sanidad repercute directamente en las oportunidades de la
infancia. Cuando desaparecen recursos comunitarios, cuando se debilita la
escuela pública, cuando se dificultan los apoyos a las familias o cuando la
atención sanitaria se deteriora, quienes primero pagan las consecuencias son
los niños y las niñas.
Todo está
conectado. La pobreza infantil no es un fenómeno aislado de las violencias que
observamos en otras partes del mundo. La vulnerabilidad económica, la falta de
oportunidades, la exclusión social, la mercantilización de los derechos y la
normalización de las desigualdades forman parte de un mismo ecosistema que
termina afectando a quienes tienen menos capacidad para defenderse.
La protección
de la infancia no depende únicamente de las familias. Depende también de las
políticas públicas, de la calidad de nuestros sistemas educativos y sanitarios,
de los recursos destinados a la protección social, de la existencia de
viviendas dignas y de una sociedad capaz de colocar los derechos humanos por
encima de cualquier interés económico o ideológico.
Quizá el mayor
riesgo sea pensar que los problemas que observamos en otros lugares del mundo
jamás podrían alcanzarnos. La historia demuestra que ninguna sociedad está
inmunizada frente a la pérdida de derechos, la desigualdad o la indiferencia.
Lo que hoy contemplamos como una realidad lejana puede convertirse mañana en
nuestra propia realidad si dejamos de reaccionar.
Por eso
necesitamos volver a mirar el mundo con las gafas de la humanidad. Necesitamos
recuperar la empatía como principio político, social y ético. Necesitamos
entender que la defensa de la infancia no es una causa secundaria ni sectorial,
sino la medida más precisa de la calidad moral de una sociedad.
Porque cuando
una niña es obligada a casarse, cuando un niño es víctima de abuso, cuando una
familia no puede ofrecer unas condiciones de vida dignas a sus hijos e hijas o
cuando una administración deja de priorizar el bienestar de la infancia, no
estamos ante problemas aislados. Estamos ante distintas expresiones de una
misma renuncia colectiva: la renuncia a cuidar nuestro futuro.
Como advirtió
la filósofa Hannah Arendt, «la muerte de la empatía humana es uno de los
primeros y más reveladores signos de una cultura a punto de caer en la
barbarie».
Tal vez aún
estemos a tiempo de evitarlo. Pero para ello debemos empezar por mirar de
frente aquello que durante demasiado tiempo hemos preferido no ver. La infancia
no puede seguir siendo la gran olvidada. Porque protegerla no es un acto de
caridad: es el deber más elemental de cualquier sociedad que aspire a seguir
llamándose humana.
Palmira
Déniz Verona.
Palmira Déniz Verona es Secretaria de Igualdad, Feminismo y Diversidad de Nueva Canarias Telde.



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