Vivimos tiempos de profunda
polarización, donde la desesperanza parece nutrirse del miedo y del conflicto.
Donde la paz, esa quietud esencial del espíritu, queda relegada a la sombra y
el espacio-tiempo parece como suspendido, sin rumbo. En este paisaje, la
percepción de amenaza se impone sobre la percepción de unión. La convivencia
pacífica, el respeto por la dignidad humana y la empatía hacia el otro parecen
perder significado ante las narrativas que exaltan división, poder y
desconfianza.
Pero este no es un destino
inevitable, sino un llamado: un llamado a cambiar la percepción, a
reemplazar la visión de separación por la visión de unidad, a elegir la solidaridad
en lugar del miedo.
El miedo es una ilusión —una
interpretación de la mente que nos separa de nuestra esencia verdadera— y que
la violencia nace del mismo malentendido. Desde esa perspectiva, cada acto de
solidaridad es un pequeño milagro: una elección por la luz en vez de la
oscuridad, por la paz en lugar del conflicto.
En este contexto global, el discurso
reciente de Mark Carney en el Foro Económico Mundial en Davos, cobra un significado simbólico y real. Carney
habló de una ruptura del orden internacional tradicional —de un sistema de
relaciones basado en normas que hoy se fragmenta ante la rivalidad de grandes
poderes— y de la necesidad de que las naciones medianas actúen unidas
para construir un nuevo orden más justo y estable. Rechazó la resignación ante
sistemas que ya no protegen a todos por igual y subrayó que la cooperación
basada en valores humanos fundamentales es crucial para el futuro global.
Esa reflexión geopolítica, puede
entenderse como un eco colectivo de una verdad más profunda: cuando nos
aferramos a la hostilidad, al miedo y a la desconfianza, perdemos nuestra
capacidad de ver la unidad esencial entre los seres humanos.
Ante realidades que parecen
alimentar el odio: Ante el odio, la solidaridad — porque solo a través
de la empatía y la acción conjunta es posible reconstruir la confianza. Ante
la mentira, la verdad compartida — porque la luz disuelve las sombras. Ante
el ruido, la presencia en la naturaleza — porque en el silencio del mundo
natural hallamos calma y perspectiva.
La invitación de Carney a formar
alianzas estratégicas entre países medianos, de no resignarse a ser “menú” en
un mundo de grandes intereses, puede resonar con nosotros como una metáfora: no
podemos aceptar la narrativa del miedo como nuestra única historia. Más
allá de la arena política, la humanidad está llamada a reencontrar la paz
interior y externa, a reconocer que la verdadera fortaleza no procede del
dominio, sino de la cooperación y de la solidaridad.
La verdadera transformación no
ocurre a través de la lucha externa, sino por una corrección interna de la
percepción: ver al otro no como enemigo, sino como hermano o hermana,
reconocer que todas las almas buscan lo mismo —paz, amor, seguridad— y que solo
la unión consciente puede traer la verdadera sanación.
Porque, en realidad, el mundo que
vivimos es también el mundo que elegimos percibir. Y la gran oportunidad de
nuestro tiempo es encender la esperanza colectiva, recuperar la sensatez y
avanzar hacia un sistema de convivencia global que honre la dignidad humana,
basado en la solidaridad, la verdad y la paz.
El odio no
puede expulsar al odio; solo el amor puede hacerlo. Martín Luther King Jr.
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