Canarias no se merece
este ridículo
La política tiene una línea muy fina entre la defensa
legítima de los intereses de un territorio y el espectáculo del alarmismo. Y en
los últimos días, con el asunto del fondeo del llamado “barco del hantavirus”,
el presidente de Canarias, Fernando Clavijo, ha decidido cruzarla de la peor
manera posible: arrastrando el nombre de Canarias a un ridículo público
innecesario, internacionalizando un conflicto construido sobre el miedo y
alimentando un relato sin base científica sólida.
Y lo digo desde una posición que no puede etiquetarse
fácilmente. No soy sospechoso de ser simpatizante del PSOE. Si existen
problemas de coordinación entre el Estado y las comunidades autónomas, deben
corregirse. Si faltó comunicación institucional, transparencia o sensibilidad
con el Ejecutivo canario, también debe señalarse. Pero una cosa es exigir
información y otra muy distinta convertir una operación sanitaria internacional
en una batalla política diseñada para ganar titulares y ocupar minutos de
televisión.
Porque eso es exactamente lo que ha ocurrido.
Canarias no necesitaba un presidente actuando como portavoz
del miedo. Necesitaba serenidad, rigor y responsabilidad institucional. En
lugar de eso, hemos visto declaraciones grandilocuentes, insinuaciones
alarmistas y una estrategia política basada más en el impacto mediático que en
la evidencia científica. Y cuando se juega con el miedo, especialmente en una
sociedad que aún tiene muy recientes las heridas de la pandemia, las consecuencias
son graves.
El problema no es solo el daño reputacional hacia fuera. El
problema es el deterioro interno que provoca una política basada en la
exageración permanente. Mientras Canarias sigue atrapada en una crisis
estructural de vivienda, mientras los servicios sociales están desbordados,
mientras la educación pública necesita atención urgente y mientras miles de
jóvenes sienten que vivir aquí se convierte cada día más en un privilegio
imposible, el presidente decide colocar el foco político sobre un barco
convertido poco menos que en amenaza apocalíptica.
Y todo para acabar convertido en meme.
Porque las redes sociales han reaccionado como suelen
reaccionar cuando la política pierde el sentido del ridículo: con ironía. El
supuesto “barco del hantavirus” ha terminado siendo carne de chiste, de
montajes y de burlas virales que han recorrido Canarias y buena parte del
Estado. No porque la ciudadanía sea frívola, sino porque cuando el discurso
político se separa tanto de la realidad acaba entrando inevitablemente en el
terreno de la caricatura.
Lo más preocupante es que quien ha contribuido a esa
caricatura no ha sido un tertuliano cualquiera, sino el máximo representante
institucional de Canarias.
Y aquí aparece una cuestión incómoda, pero inevitable:
¿merece Fernando Clavijo seguir representando a Canarias de esta manera? Es una
pregunta que hoy se hacen muchas personas dentro y fuera de Canarias. Porque
representar al país canario no debería consistir en alimentar bulos, ni en
buscar confrontaciones artificiales, ni en utilizar el miedo como herramienta
de desgaste político. Representar a Canarias debería significar defenderla con
seriedad, con solvencia y con altura institucional.
Resulta especialmente doloroso para quienes nos sentimos
nacionalistas de izquierdas. Porque el nacionalismo canario nació —o debería
seguir naciendo— de la defensa digna de nuestra tierra, de nuestros derechos y
de nuestra capacidad de decidir sobre nuestro futuro. No del populismo
institucional ni del uso oportunista de la identidad canaria para tapar
carencias de gestión. El nacionalismo no puede convertirse en una fábrica de
agravios permanentes ni en una competición de quién grita más fuerte contra
Madrid.
Defender Canarias no es generar pánico. Defender Canarias es
garantizar viviendas dignas, proteger los servicios públicos, apoyar al sector
primario, crear oportunidades para la juventud y construir un país más justo
para quienes vivimos aquí.
Todo lo demás es humo.
Y esta vez, además, un humo que ha terminado dejando a
Canarias en evidencia ante medio mundo.
