El Día de
Canarias
El
calendario se acerca de nuevo al 30 de mayo, el Día de Canarias, y con él
regresan las banderas, las romerías, los actos institucionales y los mensajes
cargados de identidad. Pero también vuelve una pregunta incómoda: ¿Qué queda de
la canariedad cuando se apagan los focos?
En
demasiados rincones del Archipiélago, la celebración de la patria canaria se ha
ido deslizando hacia el postureo y la fanfarria. Se multiplican las fotos, los
escenarios y las declaraciones grandilocuentes, mientras el verdadero sentido
de pertenencia se diluye entre la estética y la superficialidad. Parece que,
durante unos días, todas las personas recordamos lo que somos… para después
olvidarlo el resto del año.
Las romerías
son quizá el ejemplo más visible de esta contradicción. Nacidas como expresión
popular de nuestras tradiciones, hoy en algunos casos se asemejan más a fiestas
de disfraces que a encuentros de identidad. La vestimenta tradicional, que
debería ser símbolo de respeto y conocimiento de nuestras raíces, se sustituye
a menudo por versiones improvisadas, descontextualizadas, casi caricaturescas.
No se trata de imponer rigidez, sino de entender que lo que vestimos también
comunica quiénes somos.
Pero el
problema va más allá de la ropa o de una fiesta concreta. Tiene que ver con una
desconexión más profunda. Celebramos Canarias durante unos días, mientras el
resto del año consumimos sin mirar el origen, relegamos nuestras tradiciones a
lo anecdótico y descuidamos incluso nuestra forma de hablar, nuestra manera
única de entender el mundo.
A esa
desconexión se suma otro elemento clave que a menudo pasa desapercibido:
nuestra relación con lo que comemos. En una tierra como Canarias,
históricamente condicionada por su lejanía y su fragilidad territorial, el
sector primario no es solo economía, es identidad, paisaje y supervivencia.
Apostar por los productos locales —por lo que cultivan las personas
agricultoras, elaboran las personas ganaderas o capturan las personas
pescadoras— no es un gesto menor: es una decisión política, cultural y
colectiva.
Consumir
producto local fortalece nuestro sector primario, mantiene vivo el medio rural,
fija población en el territorio y preserva saberes que forman parte de nuestra
historia. Pero, además, nos acerca a un concepto cada vez más necesario: la
soberanía alimentaria. Es decir, la capacidad de un pueblo para decidir qué
produce, cómo lo produce y qué consume, sin depender en exceso del exterior.
En un
archipiélago como el nuestro, altamente dependiente de las importaciones,
hablar de soberanía alimentaria no es una consigna vacía: es una necesidad
estratégica. Significa reducir vulnerabilidades, garantizar el acceso a
alimentos de calidad y protegernos ante crisis externas. Significa, en
definitiva, ganar en autonomía y resiliencia.
Reivindicar
Canarias no puede ser un gesto puntual ni una pose para la galería. Debe ser un
compromiso cotidiano. Significa valorar lo nuestro, apoyar a quienes mantienen
vivas las tradiciones, respetar nuestras expresiones culturales y sentir
orgullo de nuestra identidad sin complejos. Significa también hablar como
hablamos, defender nuestra cultura, consumir lo nuestro y reconocer el valor de
nuestra forma de vida.
Porque la
canariedad no se improvisa ni se disfraza: se vive. Y se vive cada día. Solo
así el Día de Canarias dejará de ser una escenificación para convertirse en lo
que realmente debería ser: la expresión sincera de un pueblo que se reconoce,
se respeta, se alimenta de lo suyo y se afirma a sí mismo.
