San Francisco, donde las
piedras también tienen memoria
Hay lugares que no se visitan. Se regresan. No importa cuántos años pasen
ni cuántos caminos nos alejen de ellos. Permanecen escondidos en algún rincón
del alma, aguardando el momento en que un olor, una campana o el rumor de una
fuente vuelvan a abrir la puerta de los recuerdos. Para mí, ese lugar tiene un
nombre sencillo y eterno: San Francisco, el viejo barrio de Telde.
Mi padre nació allí, allá por 1948. Lo hizo en un barrio donde la riqueza
nunca se midió en monedas, sino en la dignidad de sus gentes. Artesanos,
campesinos, zapateros, carpinteros, herreros, panaderos... hombres y mujeres
humildes que levantaban cada día el porvenir con la fuerza de sus manos. Quizá
por eso San Francisco ha llegado casi intacto hasta nuestros días. Nunca
interesó derribarlo para levantar edificios impersonales. Su aparente pobreza
terminó siendo su mayor fortuna. Mientras otros lugares sucumbieron al cemento,
San Francisco conservó el alma.
Mi bisabuelo, José Quintana, era uno de aquellos hombres. Panadero de
oficio. Su pequeño obrador, en la calle Huerta número 4, alimentaba a muchas
familias. Pero llegaron los años del miedo. Los vencedores decidieron que
también podían controlar el pan. Le prohibieron seguir amasándolo en su horno.
La razón oficial fue que vendía pan a los rojos. La verdadera razón prefiero
guardarla para otro momento. Hay silencios familiares que necesitan madurar
antes de convertirse en palabras.
Obligado por las circunstancias, tuvo que abandonar su obrador y marchar
cada madrugada hasta la antigua Panadería Obrera, en Los Llanos de Jaraquemada,
para seguir ganándose el sustento. Nunca dejó de amasar. Porque quienes han
aprendido a hacer pan saben que la harina también puede ser una forma de
resistencia.
Yo llegué después. Mucho después. Pero tuve el privilegio de pasar parte de
mi infancia y algunos veranos recorriendo aquellas calles que para mí eran un
universo entero. Cada esquina escondía una historia; cada piedra parecía
conocer el nombre de quienes habían pasado antes.
Recuerdo la calle Inés Chemida, custodiada por el viejo acueducto que
parece seguir desafiando al tiempo. Recuerdo la calle Altozano, donde vivía mi
querida tía María Luisa, una de esas personas que convierten una casa en un
refugio y un abrazo en un hogar. Recuerdo la calle San Francisco, la calle
Carreñas, donde vivía mi querido amigo Pepón Artiles, y la calle de la Fuente,
donde se encontraba el antiguo pilar al que acudían los vecinos para recoger el
agua cuando aún no corría por todas las viviendas. Y recuerdo también la calle
Portería, donde residía la mujer encargada de custodiar la llave de la ermita
de San Francisco, como si guardara mucho más que una puerta: protegía siglos de
historia.
Porque caminar por San Francisco es recorrer un museo al aire libre.
Allí estuvo el antiguo convento franciscano, cuya iglesia continúa siendo
una de las grandes joyas del patrimonio histórico y artístico de Gran Canaria.
Cada fachada, cada portada labrada, cada balcón de madera y cada rincón parecen
dialogar con quienes se detienen a contemplarlos.
En el corazón del barrio, la plaza parece detener el paso del tiempo. Su
fuente central, diseñada por el gran artista teldense José Arencibia Gil, no es
únicamente un elemento ornamental. Forma parte de una concepción artística
integral que también dio forma al empedrado y a las empalizadas que delimitan
el espacio. Arencibia comprendió que restaurar un barrio histórico no consistía
en llenarlo de monumentos nuevos, sino en escuchar el lenguaje de las piedras
antiguas y dialogar con ellas. Gracias a esa sensibilidad, la plaza conserva
hoy una armonía difícil de explicar y fácil de sentir.
Muy cerca, junto al inmenso Laurel de Indias que todos conocemos como el
"Árbol Bonito", se alza el Cristo de piedra. También él resume una
hermosa historia de amistad y de arte. Fue concebido por José Arencibia Gil; la
talla debía realizarla el escultor Plácido Fleitas, pero una grave enfermedad
le impidió concluirla. Sería finalmente Manuel Marrero, discípulo de Fleitas,
quien culminaría la obra con enorme maestría. Tres artistas unidos para dejar
una sola huella sobre la piedra y sobre la memoria de Telde.
No muy lejos se encuentra el Bailadero —o Baladero, según quien lo nombre—,
uno de esos lugares donde la tradición y la leyenda se abrazan. Hay quienes
sostienen que allí se celebraba el mercado de ganado y que el nombre procede
del balido de las cabras y ovejas. Otros prefieren creer que, cuando caía la
noche, era el lugar donde las brujas bailaban al amparo de la luna. Tal vez
ambas historias sean ciertas. Después de todo, los pueblos necesitan tanto de
la historia como de la imaginación para comprenderse a sí mismos.
Pero San Francisco guarda un secreto todavía más antiguo.
Bajo sus calles empedradas, bajo las casas encaladas y los patios
silenciosos, descansan importantes restos arqueológicos de los antiguos
habitantes de Telde, la gran población indígena que maravilló a los cronistas
europeos. Antes de que sonaran las campanas del convento ya resonaban allí
otras voces, otro idioma y otras formas de entender el mundo. Cada piedra del
barrio parece sostener varias capas de memoria: la indígena, la conventual, la
artesanal y la popular.
Quizá por eso nunca he entendido a quienes consideran que el patrimonio es
únicamente un conjunto de edificios viejos. El verdadero patrimonio son también
las historias que habitan esos edificios. La memoria de quienes amasaron pan
cuando hacerlo era un acto de valentía. La de quienes fueron tejiendo comunidad
alrededor de una fuente, de una ermita o de una plaza. La de los niños y niñas
que corrían por las calles sin saber que estaban jugando sobre siglos de
historia.
Hoy, cuando vuelvo a San Francisco, ya no camino solo. Camino con mi padre
recién nacido en 1948. Camino con mi bisabuelo José Quintana, que seguía
amasando pan antes del amanecer pese a las injusticias de su tiempo. Camino con
mi tía María Luisa, con Pepón Artiles y con tantos vecinos cuyos nombres quizá
nunca aparezcan en los libros de historia, pero que hicieron posible la
historia del barrio.
Y entonces comprendo que San Francisco no es únicamente un lugar de Telde.
Es una forma de entender la vida.
La vida sencilla de quienes construyeron belleza sin pretenderlo. La de
quienes levantaron comunidad antes de que existiera esa palabra en los
discursos políticos. La de quienes demostraron que la humildad también puede
convertirse en patrimonio.
Porque hay ciudades que presumen de sus monumentos.
San Francisco, en cambio, puede presumir de algo mucho más difícil de
conservar: su memoria.
Diego
Fernando Ojeda Ramos, fue concejal del Ayuntamiento de Telde y actualmente es
asesor en la Consejería del sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad
Hídrica del Cabildo Insular de Gran Canaria.
