La esperanza también se
cultiva
Hay palabras
que parecen demasiado frágiles para sostener el peso del mundo. Esperanza es
una de ellas. Se pronuncia con facilidad, pero resulta difícil construirla
cuando el horizonte aparece cubierto por la incertidumbre climática, las
desigualdades sociales, la dependencia económica o la sensación de que las
decisiones importantes siempre se toman lejos de quienes habitan un territorio.
Sin embargo,
la esperanza nunca ha sido una emoción ingenua. No consiste en esperar que las
cosas cambien por sí solas. La esperanza es un acto de voluntad colectiva. Es
la decisión de un pueblo de sembrar hoy aquello que quizá solo recogerán las
generaciones que vendrán mañana.
Canarias
conoce bien esa forma de esperanza. Un archipiélago situado en medio del
Atlántico ha aprendido durante siglos que vivir en unas islas significa
convivir con los límites. La tierra es escasa. El agua nunca ha sido abundante.
La energía llegó siempre desde fuera. Buena parte de los alimentos cruzaban el
océano antes de llegar a nuestras mesas. Esa dependencia ha condicionado
nuestro desarrollo económico y también nuestra manera de entender el futuro.
Durante
demasiado tiempo se nos hizo creer que la prosperidad consistía únicamente en
crecer. Crecer en visitantes, crecer en cemento, crecer en consumo, crecer en
cifras. Pero pocas veces se preguntó si también crecíamos en autonomía, en
justicia social o en capacidad para afrontar las crisis que inevitablemente
llegan. La pandemia, la emergencia climática y la inestabilidad internacional
recordaron una verdad que el campo canario nunca había olvidado: un pueblo que
no puede producir parte de sus alimentos, garantizar el acceso al agua o
fortalecer su autosuficiencia energética es un pueblo extraordinariamente vulnerable.
Desde una
mirada nacionalista canaria de izquierdas, la esperanza adquiere un significado
profundamente democrático. No se trata de levantar fronteras ni de encerrarse
sobre uno mismo, sino de construir la capacidad colectiva para decidir cómo
queremos vivir y cómo queremos cuidar el territorio que habitamos. La soberanía
no es una consigna vacía. Es la posibilidad real de que las decisiones
estratégicas respondan antes a las necesidades de la población canaria que a
los intereses de quienes contemplan las islas únicamente como un espacio de
negocio o un destino turístico.
Por eso la
soberanía alimentaria constituye mucho más que una política agraria. Cada
hectárea recuperada para el cultivo, cada joven que decide quedarse en el
campo, cada cooperativa que acerca los productos locales a nuestras mesas
representan una pequeña victoria frente a la dependencia. Cultivar la tierra es
también cultivar libertad. Porque un pueblo que alimenta a su gente fortalece
su dignidad.
Algo
parecido sucede con el agua. En Canarias, cada galería, cada pozo, cada presa,
cada estanque y cada red de riego cuentan una historia de ingenio colectivo.
Hoy, frente a un clima cada vez más extremo, esa historia debe escribirse de
nuevo. La reutilización de aguas regeneradas, la modernización de los sistemas
de distribución y la planificación hidrológica no son únicamente
infraestructuras; son compromisos con la vida. Defender la soberanía hídrica
significa comprender que el agua no puede reducirse a una mercancía, porque
constituye el patrimonio común más valioso de unas islas donde cada gota tiene
memoria.
También la
energía ha dejado de ser una cuestión exclusivamente técnica para convertirse
en un desafío democrático. Durante décadas dependimos de combustibles fósiles
importados, aceptando que nuestro futuro energético estuviera condicionado por
decisiones tomadas a miles de kilómetros del archipiélago. Hoy sabemos que el
viento, el sol, la geotermia y la capacidad de almacenar energía renovable
ofrecen la oportunidad de avanzar hacia un modelo más limpio, más seguro y más
justo. La soberanía energética no consiste únicamente en producir electricidad;
consiste en que esa transición beneficie al conjunto de la sociedad y no
reproduzca las desigualdades del pasado.
En Gran
Canaria, iniciativas como el proyecto Ecoisla han contribuido a situar estas
ideas en el centro del debate público. Su principal aportación quizá no resida
únicamente en las actuaciones concretas desarrolladas, sino en haber demostrado
que es posible pensar la isla como un territorio donde la sostenibilidad, el
conocimiento, la innovación y la justicia social pueden caminar de la mano. La
transición ecológica deja de ser un discurso cuando se convierte en
planificación, inversión pública y compromiso con quienes trabajan la tierra,
gestionan el agua o producen energía desde el respeto al territorio.
Pero ninguna
estrategia institucional será suficiente si la ciudadanía no hace suya esa
transformación. La esperanza nunca nace únicamente de los gobiernos. Brota
cuando una persona agricultora recupera una finca abandonada; cuando una
comunidad de regantes moderniza sus infraestructuras; cuando una pescadora
continúa transmitiendo su oficio; cuando una familia decide consumir productos
de proximidad; cuando una joven ingeniera imagina una isla alimentada por
energías limpias. La esperanza siempre tiene rostro humano.
Celebrar el
Día Mundial de la Esperanza no debería consistir en repetir palabras hermosas.
Debería invitarnos a preguntarnos qué futuro queremos construir para Canarias.
Si aspiramos a seguir dependiendo de decisiones ajenas o si preferimos
fortalecer nuestra capacidad para alimentar a nuestra población, cuidar el agua
que sostiene la vida, aprovechar responsablemente nuestros recursos energéticos
y proteger el territorio que heredamos.
Porque la
esperanza no llega desde fuera. Se cultiva como se cultiva un huerto. Se
almacena como el agua que permitirá sobrevivir al próximo verano. Se genera
como la energía que iluminará nuestros hogares mañana. Se comparte como el pan
hecho con el grano de nuestra tierra o el gofio hecho con millo del país.
Quizá esa
sea la mayor enseñanza que Canarias puede ofrecer en este tiempo incierto: que
la verdadera esperanza no consiste en esperar un futuro mejor, sino en comenzar
a construirlo con nuestras propias manos.
Diego
Fernando Ojeda Ramos, fue concejal del Ayuntamiento de Telde y actualmente es
asesor en la Consejería del sector Primario, Soberanía Alimentaria y Seguridad
Hídrica del Cabildo Insular de Gran Canaria.
