Quienes sostienen el aula
Artículo de Diego Ojeda Ramos...
Hay un momento, antes de que suene el timbre, en el que el aula todavía
guarda silencio. Las sillas esperan, la pizarra conserva alguna huella del día
anterior y, sobre una mesa, descansan los materiales preparados para una nueva
jornada. En ese instante, una maestra o un maestro repasa lo que quiere
enseñar. Pero también piensa en aquel niño que ayer estuvo demasiado callado,
en la alumna que necesita otra explicación, en quien llegó sin desayunar o en
la familia con la que todavía tiene pendiente una conversación.
El día comienza mucho antes de abrir el libro.
Cada curso trae un nuevo reto. Cambian los rostros, las necesidades, las
circunstancias. Ningún grupo es igual al anterior, porque tampoco lo son las
vidas que lo forman. Enseñar exige conocer a quienes se sientan delante,
descubrir cómo aprenden, encontrar una puerta cuando la primera permanece
cerrada. Exige paciencia para volver a explicar y sensibilidad para comprender
que, a veces, detrás de una tarea sin terminar hay una dificultad que todavía
no tiene nombre.
La sociedad entra cada mañana en la escuela. Entra con sus desigualdades,
con sus prisas, con sus conflictos y con sus esperanzas. Todo aquello que
sucede fuera acaba encontrando un lugar dentro del aula. Y allí están el
maestro y la maestra, tratando de construir un espacio donde cada criatura
pueda aprender y sentirse parte de algo.
Se les pide que enseñen, que acompañen, que detecten dificultades, que
atiendan la diversidad, que medien en los conflictos, que escuchen a las
familias y que respondan a necesidades cada vez más complejas. Muchas de esas
tareas son inseparables de una educación comprometida con las personas.
Precisamente por eso necesitan tiempo, formación, profesionales de apoyo y
condiciones que permitan realizarlas bien.
Sin embargo, sobre ese trabajo crece otra montaña: papeles y más papeles.
Registros, informes, aplicaciones, formularios, documentos que deben
rehacerse, datos que se introducen una vez y vuelven a solicitarse en otro
lugar. La planificación y la evaluación tienen sentido cuando ayudan a
comprender y mejorar lo que ocurre en el aula. El problema aparece cuando el
procedimiento consume las horas que deberían servir para preparar una
actividad, coordinar una respuesta o mirar con detenimiento el trabajo de un
alumno.
Cada minuto cuenta. También el que se pierde intentando que una plataforma
funcione o copiando una información que la Administración ya tiene.
Y esa carga se prolonga con frecuencia al otro lado de la jornada. Se lleva
a casa, ocupa tardes, se instala junto a las responsabilidades familiares.
Desde fuera apenas se ve. La puerta del colegio se cierra, pero quedan por
corregir trabajos, por adaptar materiales, por pensar cómo llegar mañana a quien
hoy no pudo seguir el ritmo.
Poner en valor a quienes enseñan exige reconocer ese esfuerzo y revisar qué
estamos haciendo con su tiempo.
Ahora, además, hay una realidad que se impone sobre cualquier programación:
el calor.
Hay centros educativos con más de cuarenta años de uso que no han recibido
las adaptaciones necesarias para responder a las condiciones actuales.
Edificios que siguen esperando actuaciones sobre sus cubiertas, sus ventanas,
su ventilación, sus patios y sus espacios de sombra. Aulas donde el aire se
vuelve pesado y donde sostener la atención supone un esfuerzo añadido para
quienes enseñan y para quienes aprenden.
En esas condiciones, la incomodidad atraviesa toda la jornada. Cuesta
concentrarse, aumenta el cansancio y una explicación sencilla puede hacerse
interminable. Los cuerpos también están presentes en el proceso de aprendizaje.
Necesitan bienestar, descanso, agua y un entorno adecuado.
El maestro suda mientras explica. La maestra intenta mantener la atención
de un grupo agotado. El alumnado busca alivio como puede. Y el horario
continúa, como si las condiciones materiales del aula fueran un detalle ajeno a
la educación.
Pero forman parte de ella.
Un patio sin sombra, una cubierta que acumula calor o una ventilación
insuficiente condicionan la vida escolar. Quienes tienen la responsabilidad de
cuidar los centros deben escuchar lo que sucede dentro de ellos y actuar con
planificación, recursos y plazos. Las soluciones requieren valorar las
necesidades de cada edificio: aislamiento, protección solar, ventilación y
sistemas de climatización adecuados donde sean necesarios.
La antigüedad de una escuela puede contar una historia hermosa. Por sus
aulas han pasado generaciones, familias enteras, recuerdos que permanecen en la
memoria de un barrio. Esa historia merece conservarse mediante el cuidado y la
renovación de sus espacios. El cariño hacia un centro no enfría sus clases ni
protege del sol a quienes juegan en su patio.
En Canarias sabemos cuánto significa la escuela para nuestros pueblos y
barrios. A menudo es un lugar de encuentro, una referencia cercana, un espacio
donde muchas familias depositan su confianza. Allí una criatura puede descubrir
una capacidad que desconocía, encontrar una amistad o escuchar por primera vez que
su voz merece ser atendida.
Buena parte de esa experiencia lleva el nombre de una maestra o de un
maestro.
Recordamos a quien nos ayudó a leer, a quien tuvo paciencia con nuestras
dudas, a quien supo exigirnos sin humillarnos. Recordamos una frase, una
mirada, una oportunidad. Con los años comprendemos que aquella persona
trabajaba entre dificultades que entonces no alcanzábamos a ver.
Hoy siguen estando ahí. Preparando el curso, recibiendo a un grupo nuevo,
buscando la manera de que todos avancen. Su compromiso merece algo más duradero
que un reconocimiento ocasional: plantillas suficientes, apoyos para atender
las necesidades del alumnado, una Administración que facilite el trabajo y
edificios donde se pueda enseñar y aprender en condiciones dignas.
La vocación necesita cuidados. Ninguna sociedad debería acostumbrarse a que
sus carencias se resuelvan mediante el esfuerzo personal de quienes sostienen
los servicios públicos.
Cuando mañana vuelva a sonar el timbre, alguien abrirá la puerta del aula y
recibirá a quienes llegan. Habrá preparado una explicación, una lectura, un
juego, una pregunta capaz de despertar curiosidad. Llevará consigo la
responsabilidad de ayudar a crecer a otras personas.
Nos corresponde estar a la altura de esa responsabilidad. Hacer que detrás
de esa puerta haya tiempo para enseñar, medios para acompañar y un espacio
donde la infancia pueda aprender sin padecer el abandono.
Cuidar a la maestra y al maestro es cuidar esa primera confianza con la que
un niño levanta la mano y se atreve a preguntar.
Diego
Fernando Ojeda Ramos, fue concejal del Ayuntamiento de Telde
