martes, 13 de octubre de 2026

Quienes sostienen el aula

 


Quienes sostienen el aula

Artículo de Diego Ojeda Ramos...

Hay un momento, antes de que suene el timbre, en el que el aula todavía guarda silencio. Las sillas esperan, la pizarra conserva alguna huella del día anterior y, sobre una mesa, descansan los materiales preparados para una nueva jornada. En ese instante, una maestra o un maestro repasa lo que quiere enseñar. Pero también piensa en aquel niño que ayer estuvo demasiado callado, en la alumna que necesita otra explicación, en quien llegó sin desayunar o en la familia con la que todavía tiene pendiente una conversación.

El día comienza mucho antes de abrir el libro.

Cada curso trae un nuevo reto. Cambian los rostros, las necesidades, las circunstancias. Ningún grupo es igual al anterior, porque tampoco lo son las vidas que lo forman. Enseñar exige conocer a quienes se sientan delante, descubrir cómo aprenden, encontrar una puerta cuando la primera permanece cerrada. Exige paciencia para volver a explicar y sensibilidad para comprender que, a veces, detrás de una tarea sin terminar hay una dificultad que todavía no tiene nombre.

La sociedad entra cada mañana en la escuela. Entra con sus desigualdades, con sus prisas, con sus conflictos y con sus esperanzas. Todo aquello que sucede fuera acaba encontrando un lugar dentro del aula. Y allí están el maestro y la maestra, tratando de construir un espacio donde cada criatura pueda aprender y sentirse parte de algo.

Se les pide que enseñen, que acompañen, que detecten dificultades, que atiendan la diversidad, que medien en los conflictos, que escuchen a las familias y que respondan a necesidades cada vez más complejas. Muchas de esas tareas son inseparables de una educación comprometida con las personas. Precisamente por eso necesitan tiempo, formación, profesionales de apoyo y condiciones que permitan realizarlas bien.

Sin embargo, sobre ese trabajo crece otra montaña: papeles y más papeles.

Registros, informes, aplicaciones, formularios, documentos que deben rehacerse, datos que se introducen una vez y vuelven a solicitarse en otro lugar. La planificación y la evaluación tienen sentido cuando ayudan a comprender y mejorar lo que ocurre en el aula. El problema aparece cuando el procedimiento consume las horas que deberían servir para preparar una actividad, coordinar una respuesta o mirar con detenimiento el trabajo de un alumno.

 

Cada minuto cuenta. También el que se pierde intentando que una plataforma funcione o copiando una información que la Administración ya tiene.

Y esa carga se prolonga con frecuencia al otro lado de la jornada. Se lleva a casa, ocupa tardes, se instala junto a las responsabilidades familiares. Desde fuera apenas se ve. La puerta del colegio se cierra, pero quedan por corregir trabajos, por adaptar materiales, por pensar cómo llegar mañana a quien hoy no pudo seguir el ritmo.

Poner en valor a quienes enseñan exige reconocer ese esfuerzo y revisar qué estamos haciendo con su tiempo.

Ahora, además, hay una realidad que se impone sobre cualquier programación: el calor.

Hay centros educativos con más de cuarenta años de uso que no han recibido las adaptaciones necesarias para responder a las condiciones actuales. Edificios que siguen esperando actuaciones sobre sus cubiertas, sus ventanas, su ventilación, sus patios y sus espacios de sombra. Aulas donde el aire se vuelve pesado y donde sostener la atención supone un esfuerzo añadido para quienes enseñan y para quienes aprenden.

 

En esas condiciones, la incomodidad atraviesa toda la jornada. Cuesta concentrarse, aumenta el cansancio y una explicación sencilla puede hacerse interminable. Los cuerpos también están presentes en el proceso de aprendizaje. Necesitan bienestar, descanso, agua y un entorno adecuado.

El maestro suda mientras explica. La maestra intenta mantener la atención de un grupo agotado. El alumnado busca alivio como puede. Y el horario continúa, como si las condiciones materiales del aula fueran un detalle ajeno a la educación.

Pero forman parte de ella.

Un patio sin sombra, una cubierta que acumula calor o una ventilación insuficiente condicionan la vida escolar. Quienes tienen la responsabilidad de cuidar los centros deben escuchar lo que sucede dentro de ellos y actuar con planificación, recursos y plazos. Las soluciones requieren valorar las necesidades de cada edificio: aislamiento, protección solar, ventilación y sistemas de climatización adecuados donde sean necesarios.

La antigüedad de una escuela puede contar una historia hermosa. Por sus aulas han pasado generaciones, familias enteras, recuerdos que permanecen en la memoria de un barrio. Esa historia merece conservarse mediante el cuidado y la renovación de sus espacios. El cariño hacia un centro no enfría sus clases ni protege del sol a quienes juegan en su patio.

En Canarias sabemos cuánto significa la escuela para nuestros pueblos y barrios. A menudo es un lugar de encuentro, una referencia cercana, un espacio donde muchas familias depositan su confianza. Allí una criatura puede descubrir una capacidad que desconocía, encontrar una amistad o escuchar por primera vez que su voz merece ser atendida.

Buena parte de esa experiencia lleva el nombre de una maestra o de un maestro.

Recordamos a quien nos ayudó a leer, a quien tuvo paciencia con nuestras dudas, a quien supo exigirnos sin humillarnos. Recordamos una frase, una mirada, una oportunidad. Con los años comprendemos que aquella persona trabajaba entre dificultades que entonces no alcanzábamos a ver.

Hoy siguen estando ahí. Preparando el curso, recibiendo a un grupo nuevo, buscando la manera de que todos avancen. Su compromiso merece algo más duradero que un reconocimiento ocasional: plantillas suficientes, apoyos para atender las necesidades del alumnado, una Administración que facilite el trabajo y edificios donde se pueda enseñar y aprender en condiciones dignas.

La vocación necesita cuidados. Ninguna sociedad debería acostumbrarse a que sus carencias se resuelvan mediante el esfuerzo personal de quienes sostienen los servicios públicos.

Cuando mañana vuelva a sonar el timbre, alguien abrirá la puerta del aula y recibirá a quienes llegan. Habrá preparado una explicación, una lectura, un juego, una pregunta capaz de despertar curiosidad. Llevará consigo la responsabilidad de ayudar a crecer a otras personas.

Nos corresponde estar a la altura de esa responsabilidad. Hacer que detrás de esa puerta haya tiempo para enseñar, medios para acompañar y un espacio donde la infancia pueda aprender sin padecer el abandono.

Cuidar a la maestra y al maestro es cuidar esa primera confianza con la que un niño levanta la mano y se atreve a preguntar.

Diego Fernando Ojeda Ramos, fue concejal del Ayuntamiento de Telde


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