La papeleta que hace país
Hay sueños
que tardan tanto en encontrar su camino que casi aprendemos a vivir con su
ausencia. El de una izquierda canaria capaz de reunir nuestras esperanzas,
defender nuestra tierra y hablar con voz propia es uno de ellos. Durante
demasiado tiempo, muchas personas hemos llegado ante las urnas con la sensación
de tener que repartir nuestras convicciones entre distintas papeletas, dejando
siempre alguna parte de nosotras fuera del sobre.
Por eso, la
posibilidad de concentrar ese anhelo en Unidad del Pueblo Canario, UPC, tiene
un significado que va más allá de unas siglas. Recoge la esperanza de quienes
queremos una Canarias justa, consciente de su identidad y capaz de decidir su
futuro. Una tierra en la que el bienestar de su gente y la igualdad entre mujeres
y hombres orienten las decisiones políticas.
Ahora nos
corresponde convertir esa esperanza en fuerza compartida.
La papeleta
útil debe poder explicarse desde la vida cotidiana. Desde la preocupación de
quien busca una casa y descubre que su salario apenas alcanza para alquilar una
habitación. Desde la incertidumbre de quien espera una consulta médica. Desde
el esfuerzo de las familias y del profesorado por sostener una escuela pública
con recursos suficientes. Desde el cansancio de quienes encadenan el trabajo
remunerado con las tareas de la casa y los cuidados. Desde la espera de una
persona dependiente que necesita apoyos para vivir con dignidad y desde la
soledad de una persona mayor que necesita compañía, atención y seguridad.
Ahí debe
demostrar su utilidad nuestra papeleta: en su capacidad para mejorar la vida y
corregir las desigualdades que condicionan las oportunidades de cada persona.
Cuando hablo
de defender lo público, pienso también en mi madre y en mi padre. Recuerdo
cuando en Las Remudas solo había un colegio y el barrio necesitaba otro. Mis
padres, junto a las vecinas y los vecinos, llegaron a cortar el tráfico en la
autopista para reclamar la construcción del que hoy es el Guillermina Brito.
Aquella reivindicación tenía el rostro de las familias del barrio y el futuro
de sus hijas e hijos como horizonte.
Con los
años, uno comprende mejor el valor de aquello. Detrás de un colegio hay aulas,
libros y patios, pero también una historia de organización vecinal, de
insistencia y de personas que decidieron dar un paso al frente. Para mí, el
Guillermina Brito guarda también esa memoria: la de mi familia y la de un
barrio que se unió para exigir una respuesta a una necesidad compartida.
En esa
memoria quiero reconocer expresamente a las mujeres. A nuestras madres y
abuelas, a tantas vecinas cuya contribución a la vida comunitaria merece ocupar
su lugar en el relato de nuestras conquistas. Sus nombres, sus decisiones y su
participación política forman parte de la historia de nuestros barrios.
De aquella
experiencia nace una parte de mi manera de entender la política. Aprendí que
los derechos necesitan personas dispuestas a defenderlos y que la unión puede
abrir caminos donde antes solo había desatención. Hoy, cuando hablamos de
concentrar fuerzas, reconozco aquella misma convicción: la organización
colectiva puede conseguir que las necesidades de nuestra gente se conviertan en
prioridades públicas.
La izquierda
canaria tiene que disputar también el significado de la palabra Canarias.
Demasiadas veces se ha pronunciado en discursos que después han dejado intactas
las desigualdades. Amar esta tierra exige comprometerse con las personas que la
habitan. Exige defender sus derechos cuando hacerlo incomoda a los poderes
económicos y cuando obliga a rechazar acuerdos que perjudican a la mayoría.
Exige también que las mujeres participen en igualdad en las decisiones sobre
nuestro presente y nuestro futuro.
Frente al
insularismo que representa ATI - Coalición Canaria, necesitamos un proyecto de
país donde cada isla encuentre su lugar y ninguna tenga que levantar su
bienestar sobre el olvido de las demás. Canarias merece respeto, inversiones y
oportunidades. Esa dignidad debe alcanzar a todo el archipiélago, a cada pueblo
y a cada barrio. La solidaridad entre islas es una de las tareas pendientes de
nuestra construcción nacional.
También
debemos exigir coherencia a quienes prometen poner primero Canarias. Esa
promesa pierde su sentido cuando termina subordinada a pactos con la derecha y
la ultraderecha que comprometen los derechos sociales y la igualdad que decimos
defender. Las prioridades se reconocen en los presupuestos, en los servicios
que se sostienen y en las decisiones que se toman cuando llega el momento de
elegir.
Queremos
elegir lo público. Queremos hacerlo desde una perspectiva feminista, capaz de
reconocer quién encuentra más obstáculos, quién dispone de menos recursos y
sobre quién recaen las responsabilidades que deberían ser compartidas.
Queremos una
sanidad que cuide con dignidad, con profesionales suficientes y con tiempo para
escuchar. Una sanidad donde el código postal, la isla de residencia o el dinero
disponible no determinen la atención. Que atienda la salud de las mujeres en
todas las etapas de su vida, escuche sus síntomas sin prejuicios y garantice
sus derechos sexuales y reproductivos.
Queremos una
educación canaria de calidad, que piense en canario y abra las ventanas al
mundo desde el conocimiento de nuestra propia casa. Que enseñe nuestra
historia, nuestra geografía, nuestra literatura y nuestra memoria indígena. Que
recupere también las aportaciones de las mujeres a nuestra cultura, a la
ciencia, al trabajo y a las luchas sociales.
Una escuela
donde cada niña pueda imaginar su futuro con libertad y cada niño aprenda que
cuidar, escuchar y expresar sus emociones forma parte de una vida plena. Una
educación que enseñe igualdad, consentimiento y respeto a la diversidad, y que
ayude a prevenir las violencias machistas desde sus raíces.
Queremos que
la vivienda vuelva a significar hogar. Que la juventud pueda imaginar su futuro
cerca de los suyos. Que ninguna familia tenga que vivir pendiente de una subida
de alquiler que la expulse de su barrio. Que las familias monomarentales
encuentren apoyos suficientes y que una mujer que sufre violencia machista
disponga de una alternativa habitacional segura para reconstruir su vida.
Queremos
salarios dignos e igualdad retributiva. Empleos con derechos, estabilidad y
posibilidades reales de promoción. Que la maternidad y las responsabilidades de
cuidado dejen de penalizar las trayectorias laborales de las mujeres. Que los
hombres asumamos nuestra parte en la crianza, en la casa y en la atención a
quienes necesitan apoyo. La corresponsabilidad se demuestra en el tiempo que
dedicamos y en las obligaciones que asumimos cada día.
Queremos una
Canarias que acompañe y cuide a las personas mayores. Que reconozca cuanto han
aportado y garantice pensiones suficientes, viviendas accesibles, atención
cercana y espacios donde seguir participando y decidiendo. Que preste especial
atención a las mujeres mayores que han dedicado años al cuidado familiar y
llegan a esta etapa con menos recursos y protección económica. Que combata la
soledad no deseada y respete la autonomía, los afectos y la voluntad de cada
persona.
Queremos que
las personas en situación de dependencia reciban a tiempo las prestaciones, los
servicios y los apoyos que necesitan. Que puedan desarrollar su proyecto de
vida y decidir dónde y cómo vivir, con ayuda a domicilio, asistencia personal,
centros de día y atención residencial pública suficiente y de calidad. Detrás
de cada expediente hay una persona cuya vida sigue transcurriendo mientras
espera.
Y queremos
cuidar también a quienes cuidan. A tantas mujeres que sostienen jornadas
interminables de atención, muchas veces a costa de su salud, de su empleo y de
su descanso. Queremos servicios públicos que permitan repartir esa
responsabilidad, apoyos y respiro para las familias, y condiciones laborales
dignas para quienes trabajan profesionalmente en los cuidados.
Queremos,
además, una Canarias donde las mujeres puedan vivir libres de violencias
machistas. Con recursos de prevención, protección y atención integral; con
servicios accesibles en todas las islas y con instituciones que escuchen y
acompañen. La libertad se hace concreta cuando una mujer puede caminar,
trabajar, relacionarse y decidir sobre su vida sin miedo.
Estos
derechos tienen historia. Hubo quienes se organizaron, hicieron huelga,
soportaron represalias y dedicaron buena parte de su vida a conquistarlos. Cada
avance lleva detrás nombres que a veces hemos olvidado: mujeres que abrieron
caminos, personas trabajadoras que defendieron a sus compañeras y compañeros,
familias que reclamaron escuelas, barrios que exigieron centros de salud.
Yo encuentro
algunos de esos nombres en mi propia casa y en mi barrio. Muchas de aquellas
personas son hoy nuestros mayores. Defender su dignidad es también honrar su
lucha y continuarla allí donde persisten la desigualdad y el abandono.
Por eso
importa reunir las papeletas de la izquierda canaria en UPC. Para que tantas
convicciones dispersas puedan encontrarse y adquirir capacidad de decisión.
Para que la indignación tenga un cauce y la esperanza, una tarea. Para llevar a
las instituciones una voz que responda ante nuestra gente y mantenga sus
compromisos con la justicia social y la igualdad cuando empiecen las
negociaciones.
La unidad
requiere generosidad. Requiere reconocer lo que compartimos y trabajar con
honestidad sobre nuestras diferencias. Requiere también compartir el poder,
garantizar la participación de las mujeres y escuchar sus propuestas. Ninguna
sigla puede valer más que el derecho de una persona a vivir con dignidad.
Ninguna ambición particular debería pesar más que la posibilidad de construir
una alternativa para nuestro pueblo.
Defendemos
los derechos de las personas que viven, trabajan, cuidan y sueñan Canarias. De
quienes nacieron aquí y de quienes llegaron para compartir su destino con el
nuestro. De quienes empiezan a caminar y de quienes necesitan una mano para
seguir haciéndolo. Un país se construye también con esos afectos, con esas
manos y con esa voluntad de pertenecer.
El sueño de
poder elegir una izquierda canaria unida empieza a tomar cuerpo. Ahora necesita
nuestra participación, nuestra exigencia y nuestro compromiso. Necesita una
mirada feminista que atraviese sus propuestas y se traduzca en recursos,
derechos y decisiones.
Que al
depositar la papeleta podamos pensar en la casa que alguien necesita, en la
consulta que no debe demorarse, en el aula donde una niña descubre que puede
llegar tan lejos como se proponga. En la trabajadora que merece un salario
digno, en la mujer que necesita vivir sin miedo y en la persona que espera
ayuda para levantarse cada mañana. En quienes cuidan y necesitan descanso. En
nuestros mayores, que merecen compañía y tranquilidad.
Yo pensaré
también en mi madre y en mi padre, en las vecinas y los vecinos de Las Remudas
y en aquel colegio que reclamaron juntos. En lo que fueron capaces de hacer por
el futuro de sus hijas e hijos. Y en la responsabilidad que tenemos de
continuar ese esfuerzo, para que quienes vengan después encuentren una Canarias
más justa, más igualitaria y más libre.
Que ese
pequeño gesto lleve dentro una voluntad inmensa: hacer de Canarias un lugar
donde todas las personas puedan vivir con dignidad y mirar el porvenir con
esperanza.
Diego Ojeda Ramos fue concejal del
Ayuntamiento de Telde.
