El
Evangelio es incompatible con la injusticia social.
Hay una escena del Evangelio que siempre me ha
parecido profundamente reveladora. Jesús resucitado se encuentra con María
Magdalena, la llama por su nombre y le confía una misión: «Ve a mis hermanos
y diles…» (Juan 20,17).
Fue una mujer quien recibió el encargo de
anunciar la resurrección. Jesús reconoció su voz, su dignidad y su
protagonismo. Y me pregunto: ¿cómo es posible que, tantos siglos después,
todavía tengamos que seguir reivindicando la igualdad, la autonomía y la
libertad de las mujeres?
Se acercan las elecciones del 29 de noviembre y
merece la pena detenernos a pensar cuánto hemos avanzado y qué sociedad
queremos dejar a las generaciones futuras.
Quienes vivimos nuestra infancia durante los
últimos años de la dictadura conocemos el valor de esa transformación. Crecimos
en una sociedad que limitaba profundamente las libertades de las mujeres y
hemos vivido la conquista de derechos que nuestras madres y abuelas apenas
podían imaginar.
Trabajar sin autorización marital, administrar
nuestros bienes, divorciarnos o decidir sobre nuestras vidas no fue un regalo.
Fue el resultado de la lucha y el compromiso de muchas mujeres que se negaron a
aceptar la desigualdad como destino. Recordarlo nos ayuda a comprender que
los derechos necesitan una sociedad dispuesta a defenderlos.
Porque la libertad también se mide en nuestra
realidad cotidiana: en la independencia económica, las oportunidades laborales,
la corresponsabilidad en los cuidados y la posibilidad de vivir sin violencia.
Quisiera compartir esta reflexión con todas las
mujeres, independientemente de nuestras ideas políticas o creencias. Las
libertades conquistadas nos pertenecen a todas y protegerlas es una
responsabilidad compartida.
Como cristiana de base, creo en una fe
inseparable de la justicia social. Encuentro en el Evangelio un mensaje
liberador que reconoce la dignidad de cada persona, cualquiera que sea su
género, su origen, su situación económica o su forma de amar.
Las
aportaciones de teólogos y teólogas nos ayudan a profundizar en esta manera de
vivir la fe. Gustavo Gutiérrez situó la vida de las personas empobrecidas en el
centro de la reflexión teológica, mientras que Elisabeth Schüssler Fiorenza nos
invita a recuperar un «discipulado
de iguales», donde todas las personas compartan dignidad,
palabra y responsabilidad. Ambas perspectivas nos llaman a comprometernos con
la transformación de las condiciones que perpetúan la desigualdad y la
exclusión.
En su reflexión «Victoria de David contra un
Goliat de madera hueca», publicada el 2 de noviembre, del teólogo, Leonardo
Boff plantea la necesidad de defender la democracia frente al autoritarismo y a
un poder entendido como dominación. Su llamada al compromiso de distintas
generaciones nos recuerda que las libertades requieren participación,
conciencia y memoria.
Boff vincula, además, el cuidado de las personas
con el de la Tierra. En Canarias sabemos que proteger nuestro territorio
significa cuidar nuestras condiciones de vida y las de quienes vendrán. La
justicia social y la protección de nuestra casa común forman parte de una misma
responsabilidad.
En esta misma línea, el papa León XIV recordó en
su audiencia general del 4 de noviembre de 2026, celebrada al día siguiente de
las elecciones de medio mandato en Estados Unidos, las palabras de Francisco: «la
guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación
vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal». Frente a ella,
señaló que una política que atiende las heridas de los pueblos y a quienes
padecen injusticias abre un horizonte de esperanza.
Sus palabras enlazan la fe y nos compromete con
el sufrimiento concreto de las personas. Para las mujeres, ese compromiso exige
políticas que protejan nuestra autonomía, combatan la violencia y hagan posible
una vida digna. Ahí también se pone a prueba la justicia social.
Desde estas convicciones, no podemos hablar de
plena libertad para las mujeres mientras la pobreza y la precariedad
condicionen sus decisiones, los cuidados recaigan mayoritariamente sobre
nosotras o la violencia machista siga amenazando nuestras vidas.
La igualdad consiste en hacer efectivos los
derechos en la vida de cada mujer.
Ante el 29 de noviembre, no pretendo
decirle a nadie a quién debe votar. Creo en la libertad de conciencia y en la
pluralidad. Sí quisiera invitar a una reflexión compartida: ¿conocen las nuevas
generaciones el camino recorrido? ¿Prestamos suficiente atención a cómo las
decisiones políticas afectan a nuestra autonomía, nuestros derechos y nuestras oportunidades?
El diálogo entre generaciones puede ayudarnos.
Quienes recordamos las libertades negadas podemos compartir esa memoria y
escuchar, a su vez, las dificultades y aspiraciones de las mujeres jóvenes.
Cuidar lo conquistado también implica comprender qué falta por transformar.
Quiero seguir creyendo en una sociedad donde
ninguna mujer tenga que pedir permiso para ser quien es, donde nuestras hijas y
nietas vivan con mayor libertad y donde todas las personas encuentren
condiciones para desarrollar una vida digna.
Como mujer y como cristiana, sigo convencida de
que solo desde la justicia social podremos alcanzar una libertad compartida
y una igualdad real. La libertad de unas pocas será siempre insuficiente
mientras otras vivan bajo la violencia, la desigualdad o la exclusión.
Por eso adquieren para mí un sentido profundo las
palabras de san Pablo: «Para la libertad nos ha liberado Cristo» (Gálatas
5,1).
Que esa libertad nos inspire a cuidar lo
conquistado, a participar con conciencia y a construir una sociedad más justa.
Porque el Evangelio es incompatible con la
injusticia social.
Palmira Déniz Verona es
secretaria de Igualdad, feminismo y Diversidad de Nueva Canarias Telde.
